Samuel Pérez García.
Lo que hoy sucede en el Distrito Federal, precisamente en Iztapalapa, donde cada semana santa se recuerda la crucifixión de Jesús, con relación al caso de Rafael Acosta, mejor conocido como Juanito, llama a risa o a coraje, de hacer creer a un pobre hombre que su capacidad es inmensa y que por sí solo, con esa escasa mentalidad que muestra podrá gobernar una delegación compleja como lo es la mencionada demarcación.
Rafael Acosta, antes de ser Delegado electo por esa Delegación defeana, no era más que simple ciudadano, militante perredista, a la que le dijeron si quería ser candidato delegacional, no porque fuera el hombre que tuviera todas las condiciones para ser un candidato ganador, sino porque el propio partido que lo propuso, el PT, sabía que para mantener el registro hay que jugársela en cada distrito y sumar los cuantos votos que se puedan. Al no haber otro posible, frente a las figuras que presentaban otros partidos, el PT solamente quiso cumplir el ritual electoral. Pero ahí esta que la suerte, ese azar que a veces se presenta inesperadamente en la vida de cada quien, se dio que a la fuerte aspirante, Clara Brugada, gente cercana a López Obrador, El Tribunal Federal Electoral le da de palos al quitarle la candidatura y otorgársela a la contendiente opositora del propio PRD, pero enemiga de aquella, y entonces surge una revoltura de impredecibles consecuencias. López Obrador, molesto ante tan inicua jugada del Tribunal, en asamblea pública propone que sea al PT al partido que se deba apoyar al no tener ya otro recurso, frente a la insidia de los propios perredistas amafiados con el poder electoral, propone a Juanito como candidato por el cual se debe votar. Ahí es donde Juanito aparece por vez primera, frente a un público que le aplaude la decisión de decir que sí cumplirá la promesa de que, en caso de ganar la elección, renunciará al cargo, para que en su lugar se proponga ante la Asamblea del Distrito Federal a la legítima candidata: Clara Brugada.
Y cómo parecía avecinarse, el 5 de julio, el PT gana la elección en Iztapalapa y los votos convierten en Delegado electo a Rafael Acosta. Este personaje salido de la manga, se da cuenta, entonces, que no soñaba, que era real lo que estaba viviendo, y como tal, hoy cree que no debe compartir el cargo con Brugada. Pero para que no huela a cerrazón o ambición de su parte, pide para él y su gente el 50% de puestos administrativos, que no ha dicho cuáles son, pero que es de suponer que ha de pedir como mínimo la tesorería, la contraloría, obras públicas, así por el estilo. Es decir, posiciones neurálgicas en una administración municipal. Y cómo Brugada le ha dicho que no. Que ese no era el acuerdo. Entonces él acude a la basílica con una veladora a orar porque la virgen la ayude en ese trance en que se ha metido. Quiere gobernar, pero sin problemas. Quiere que la virgen le quite a los enemigos, que él mismo ha empezado a crear al convertirse más que un hombre de palabra, en un político simplón, de corte priísta, de aquellos que vociferaban promesas mil sin cumplir ninguna. Pues ¿no lo es cuando alguien promete públicamente gestionar tal o cual asunto y luego se le olvida? En efecto, Juanito es ahora un merolico de banqueta, no un político serio. Un hombre cuya ambición le ha nacido a raíz de haber conquistado un puesto que por suerte se encontró en la calle, pero que no le pertenecía, pues no se lo ganó con trabajo, con esfuerzo y honestidad. Se apoderó de él por las circunstancias en que en rededor se generaron. Y como hasta en el PT le hicieron fuchi, pues ahora se dice panista de corazón, y con el apoyo del PAN se prepara a gobernar Iztapalapa. Vueltas de la vida política.
La lección que se puede extraer de este acontecer que a muchos ha azorado es que el hombre –Juanito y cualquier otro- es capaz de enceguecerse cuando la fortuna se encuentra. Ante tanto poder y tanta gloria, Juanito, se haya confundido, pero no porque sea débil, sino porque le ha renacido la ambición, esa que ocultaba cuando era un don nadie. Y con ello cumple aquel dicho: dale bastante dinero a un hombre, y verá cómo pierde los escrúpulos. Es lo que está pasando con este personaje digno de sicoanálisis, pero también, objeto de estudio sociológico. En su actitud y en su cara de “yo no fui” hace quedar mal a los políticos pobres económicamente,(porque a los ricos ya los conocemos) que como él, son a veces nombrados candidatos, vociferan éstos que sí serán democráticos, honestos y toda bondad a la hora de gobernar, pero dales a esos mismos pobres la oportunidad de gobernar, y entonces se sabe realmente hasta dónde decían la verdad o mentían. Más esto que lo primero. Como dijera el filósofo Nietzsche en el siglo XIX: el ser humano es como un árbol, por arriba vemos lo bonito que son sus ramas, sus hojas, la frescura que nos proporciona; pero lo que no vemos es la profundidad de sus raíces, si estas andan derechas y torcidas, si son superficiales o profundas. Eso no lo vemos. Humanamente esto se interpreta así: el hombre ante los ojos de los demás muestra siempre una cara; pero cuando la noche se oculta, cuando nadie lo ve; muestra otra. Juanito mostró una cara cuando públicamente aceptó ser candidato del pueblo y del PT y prometió renunciar para entregarle el poder a quien injustamente le habían quitado la candidatura. Pero una vez que ganó, aparecieron las raíces torcidas que lo sostienen. No es Juanito, cara de menso, cuando decía “si Protesto”. Ahora es don Juanito, que aparece devoto ante la sociedad, pero que ha de llevar el diablo escondido. Con esa actitud la lección es que a partir de ahora a los políticos incumplidos vamos a poder gritarles: “Pinche Juanito” en referencia a que sea hablador, incumplido, ojete, ladrón, pero no pendejo, tal como Juanito hoy lo es. Y mentira que esté jugando al ensarapado, si por acaso luego se retracta. Lo que es, es lo que muestra hoy. Y eso no tiene vuelta. Lástima de personaje. En sus manos tuvo la oportunidad de mostrar que los pobres son distintos a los ricos, pero con ello los equiparó cuando de política se trata. El primero quiere enriquecerse más mediante los cargos públicos y la política; el otro salir de la pobreza, y por eso sus empeños en ser por lo menos regidor o empleado subalterno. Todo lo que no mata es bueno, y Juanito no está muerto. Esta vivo, físicamente; pero políticamente es un hombre muerto, al cual sólo basta arrojarle las monedas para definirlo tal cual es: el Pedro moderno de la política defeña.