jueves, 27 de mayo de 2010




De caciques y democráticos. Caciquismo y democracia son dos términos antagónicos



José Luis Ortega Vidal.

Bajo el nombre de Caciquismo y Democracia en Cosoleacaque, Crónica Política (2007-2009), el autor Samuel Pérez García parece establecer un juego en el uso del lenguaje, en una obra que aspira a ser punto de referencia para futuros historiadores.**

Antagónicos, los conceptos de caciquismo y democracia son definidos por Samuel bajo una crítica dura, por momentos agria, a menudo ácida, abiertamente visceral, de la situación política que ha vivido el municipio de Cosoleacaque durante décadas y particularmente durante los últimos tres años.

El arribo de Gladys Merlín Castro al poder municipal el primero de diciembre del 2007, constituye un hecho del que Samuel Pérez se propone ofrecer un retrato crudo.

El autor nos entrega datos duros y puntos de vista analíticos de entornos sociales, partidistas, políticos, sobre personajes de la vida pública local y regional, así como de los grupos de poder y las distintas siglas de partidos que forman parte de la pugna permanente por el poder.

Intelectual, Samuel nos ofrece referencias filosóficas y de psicología social acerca de todos los actores y sus actos. A través de las páginas del libro, terminamos descubriendo el sentir de Pérez García acerca de Cosoleacaque, su propia casa. Aquí, en la tierra de los cojolites, hay caciquismo; de hecho es una característica añeja del lugar, dice el autor; pero la democracia, aquí, es inexistente.

Caciques van, caciques vienen, desde Amadeo González Caballero hasta Cirilo Vázquez Lagunes y Heliodoro Merlín Alor. E intentos de cambiar el escenario del poder en manos de los caciques por un escenario democrático, también han existido y existen.

Sólo que, al respecto, la llamada izquierda política en Cosoleacaque ha tenido el poder durante diez años y ella se lo arrebató misma, sumida en sus contradicciones y en los intereses mezquinos y particulares de quienes la han representado.

Particularmente, Samuel dirige su dardo severo a la figura del ex sacerdote Darío Aburto Perdomo, dos veces Alcalde y ahora regidor en el gobierno de Gladys Merlín, a quien señala como la aspirante a la toma de la estafeta caciquil que –creería Gladys– puede heredar de su padre. No hay títere con cabeza en este encuentro con la historia reciente de Cosoleacaque: el autor considera que la pedagogía del oprimido de Paulo Freyre aplica en Cosoleacaque.

La visión de Samuel nos remite a una especie de Síndrome de Estocolmo en el Sur: el hombre secuestrado (por el cacique) termina enamorado de su secuestrador. El pueblo inconsciente de sus obligaciones y de sus derechos políticos termina vendiendo su libertad al cacique, plantea el escritor. Y esto ha funcionado en Cosoleacaque durante muchas de las ocasiones en que figuras como el fallecido Cirilo Vázquez Lagunes y Heliodoro Merlín Alor lo han deseado.

En el libro que hoy nos convoca hay de todo: Una entrevista de Luis Velázquez Rivera a Heliodoro Merlín, en la que el ex Alcalde dice todo lo que quiere y el reportero simplemente lo escribe; como cumpliendo con una orden dada desde la redacción y dando salpicones, apenas, del talento y la trayectoria periodísticas tan apreciadas en el maestro Luis.

También hay descripciones de diversos personajes de la vida política de Cosoleacaque, tales como Darío Aburto, Román García Martínez, Rocío Pérez, Hilda Gutiérrez, Florentino Cruz Martínez, Patrocinio Borja y Elodia Antonio Cortés.

Hay entrevistas: dos de ellas con Justiniano Santiago Cruz y Lauro Pérez Villalobos. Hay reseñas históricas, como la del PRI y sus mecanismos corporativos, añejos y tan eficaces como siempre. Hay acercamientos con dejos de sarcasmo a figuras como el contador Cristy Reyes, a quien se le recuerda un encarcelamiento en Coatzacoalcos, años atrás. Hay estadísticas como el compendio electoral del 2007, con datos muy elocuentes de los motivos por los que el PRD, aquí, pasó de ser una verdadera fuerza política popular a ser lo que es: un partido voraz, experto en la autofagia. El PRD no necesita enemigos: los fabrica solito y respecto a Cosoleacaque Samuel Pérez García nos cuenta los detalles de esa habilidad.

El libro también está lleno de artículos publicados en diarios de la región por el propio autor.

Nos comparte sus reflexiones acerca de las elecciones del 2007 y los primeros meses del gobierno de Gladys Merlín Castro.

La mayor parte de las referencias históricas o filosóficas del libro Caciquismo y Democracia en Cosoleacaque, invitan a una reflexión de fondo sobre el tema. Sin embargo, el autor se ocupa muy poco de esa reflexión. La provoca, invita a ella, pero termina dejándonos claro que su intención no ha sido escribir una reflexión propia sobre este periodo histórico, sino ofrecer su testimonio personal sobre los hechos y dar su punto de vista sobre ellos.

De este modo, se trata más bien de un compendio de datos sobre lo acontecido en la vida política cosoleacaneca durante el periodo 2007-2009. El análisis y la reflexión profunda sobre el asunto serán asuntos de historiadores y de lectores.

En lo personal la lectura de esta obra me deja algunos hilos sueltos. Hay temas sobre los cuales Samuel deja dudas, hay personajes en torno a los cuales abusa de los calificativos. Samuel es poeta, historiador, filósofo y también es articulista. Empero, como periodista, el autor nos queda a deber. En esta obra, sus textos periodísticos a menudo son poco objetivos. Es el lector quien debe juzgar el papel de personajes como Darío Aburto o Gladys Merlín, entre muchos otros aquí citados. Samuel se refiere a ellos, en muchos casos, con calificaciones y descalificaciones personales.

Los lectores no somos culpables de las diferencias personales entre Samuel y estas personas. Allí hay un exceso y desde el punto de vista periodístico hay un error. La obra de Samuel es un compendio de temas a partir de un solo concepto: el de Cosoleacaque.

El libro nos comparte datos atractivos sobre el acontecer de un periodo político donde Iván Hillman –a la sazón secretario de Turismo en el gobierno estatal– es testigo mudo de una represión brutal promovida, o al menos avalada, por la alcaldesa Gladys Merlín en el año 2008, contra personas que exigían obras y atenciones del gobierno local.

Un gobierno que inició con un discurso histórico, de aparente identificación con la izquierda política, se coloca desde su primer año de ejercicio en la posición –efectivamente caciquil– de la zanahoria o el palo. O persigues la zanahoria y eventualmente tendrás un premio, o te doy de palos, parecen decir las autoridades locales en el aciago 2008 de un Carnaval históricamente triste, dados estos hechos.

Esta parte, dirigida a hechos públicos protagonizados por personajes políticos y no a temas personales, justifica en buena medida el desarrollo de esta obra.

Allí está el tino de Samuel. Justo cuando impone la cabeza y no el hígado y Cosoleacaque, como todo el Sur de Veracruz, da para éste y muchos libros más. La de México, en general, no es una sociedad democrática. Y Cosoleacaque tampoco lo es.

En ese sentido coincido plenamente con Samuel. La democracia implica corresponsabilidad, de gobierno y de ciudadanos. Y aquí, los gobiernos de los Merlín y los Cadena no han cumplido con su parte. Pero los ciudadanos, al respecto, también hemos quedado a deber.

Y los partidos políticos, desde el PRI hasta el PAN y el PRD, etcétera, también tienen una gran deuda. Darío Aburto, alcalde dos veces y actualmente regidor primero sin un liderazgo social que lo justifique, ciertamente representa una escena donde permea un patético olor a ambición personal y fracaso político.

Editorial Temoayán, impulsora de la obra, me recuerda al Samuel Pérez García de Acayucan, donde trabajaba a lado del director de la Casa de Cultura, don Germán Rodríguez Filigrana, hoy lamentablemente ausente físicamente, pero presente por su legado humano.

Para decir Juchitán no puedo fue el primer libro de poesía que conocí de Samuel y me remite también a aquellos años. Nunca he olvidado el hermoso verso. Una vez más, Samuel Pérez García nos provoca al pensamiento. Nos lleva a la reflexión sobre lo que somos y qué hacemos.

Es cierto, los caciques han estado, están y pretenden seguir estando entre nosotros. Es cierto, la democracia constituye una creación colectiva y una obligación al mismo tiempo que un derecho.

“La culpa no es del indio sino del que lo hace cacique” podríamos decir aquí, parafraseando uno de nuestros crueles y discriminatorios dichos populares. Vale la pena la lectura de esta obra, una más en la vasta trayectoria del autor.

Los protagonistas de esta crónica política somos todos. Los responsables de sus consecuencias somos todos. La obligación de que la figura del caciquismo –como una práctica del poder– desaparezca y en su lugar se ubique la democracia, es de todos. En lo personal me quedo con esta conclusión. Y le reconozco a Samuel la gentileza de llevarnos a ella.