Samuel Pérez García
La actitud represiva del gobierno duartista en Veracruz, no
es más que una repetición mimética de lo que en el DF hizo Peña Nieto. Una
especie de competencia en quién puede o tiene mejor temple para reprimir. Aquel,
que no las tiene todas consigo con el federal, quiere quedar bien con éste,
para efecto de ver si así se allanan las diferencias que soterradamente
mantienen.
Pero también, aparte del garrote contra los maestros, está
usando como señuelo el diálogo fingido, de invitarlos a la mesa para oír sus
reclamos o enmendar las leyes secundarias aquí en el estado. Sin embargo,
sabemos que eso no será posible, o si no, que me desmienta un abogado. Una ley
de carácter federal no puede elaborarla a modo, o quedar omiso, con alguna otra
de carácter estatal que la sustituya. Y sin embargo, así se está planteando.
Espero que los maestros nos caigan en la trampa y se entreguen, cual corderos,
cansados de correr del lobo, decidieron inmolarse dentro de la gran boca
hambrienta de su perseguidor, antes que seguir luchando.
¿Qué sigue? Lo que sigue es largo, pero no por ello
desalentador. Implica reflexionar el papel que hemos jugado al servicio del
régimen, sirviéndole de trampolín para sus gustos sexenales o trienales,
votándoles a sus dirigentes para que obtengan el voto que los lleve a
representarnos en los Congresos o en las presidencias municipales o en la
gubernatura. Hemos servido de marionetas del poder, a través de migajas que nos
entrega el estado, pero ahora, cuando una ley trastoca las condiciones de vida
y de trabajo, y se pide el respaldo, ellos dicen que no. Y si no aceptamos,
viene el palo.
Después del palo qué sigue? Evidentemente, la zanahoria. Van
a intentar en las próximas negociaciones salariales ofrecer prebendas para que
no haya protestas. El maestro que caiga en este artilugio será de su propia
responsabilidad. Esto sigue por parte del gobierno federal y estatal. Comprar a
la disidencia, el grito, el desplante contra la reforma educativa.
Entonces ¿Que sigue de
nuestra parte?
De nuestra parte sigue
dos acciones que serán a largo plazo:
1)
Reflexionar
nuestro papel para pensar nuestra independencia pedagógica de los contenidos de
estudio.
Hay que reconocer, hemos asumido acríticamente la historia de
México, la formación de valores, los avances de la ciencia. Hemos mecanizado y
rutinizado el conocimiento. Ahora, frente a las condiciones de un Estado
represor hay que deslindarnos. No somos maestros para servir al opresor, sino
maestros para crear conciencia moral y
política del papel que cada ciudadano debe jugar en su proceso de formación
humana. No provenimos de una clase pudiente, sino de una que apenas tuvo para
pagarnos los estudios en la Normal. No somos, pues, los maestros, adictos al
poder, sino contrario a éste.
Esta toma de posición independiente frente a los contenidos,
nos permitirá en el futuro, formar a un ciudadano reflexivo y crítico frente al
poder del Estado y de quienes lo dirigen. Esto significa que en cada clase de
historia mexicana, de geografía regional, de formación de valores, debemos desmontar
el proceso ideológico y político que
implícitamente reflejan en los contenidos de los programas, y que nos hablan de
hechos que ocurrieron hace mucho tiempo y que no tienen nada que ver con
nosotros. Es decir, nos abstraemos de la realidad concreta y hablamos de hechos
como si nunca hubiera ocurrido en nuestro suelo patrio. En lugar de abstraernos
de la realidad, hagámosla concreta diciendo a los niños la verdad: el gobierno,
federal o estatal, no es como lo pintan, bondadoso y solidario con los pobres y
los maestros, sino absolutamente represivo. Y no lo es, solamente ahora, lo ha
sido siempre, porque no es un gobierno del pueblo y para el pueblo trabajador,
sino para el otro pueblo, la otra clase, la de los ricos capitalistas que nos
dominan a través de un sojuzgamiento lento y paulatino. Que lo que ganamos por
nuestro trabajo los maestros y los obreros, no sirve para darse la buena vida,
sino apenas para reproducirse como individuo y como familia. Por eso, los hijos
de los obreros, campesinos y maestros no van a Harvard a estudiar, o al
Tecnológico de Monterrey, sino a las escuelas públicas, esa que hoy Peña Nieto
quiere privatizar en un proceso largo que
hoy, apenas inicia pero que sigue, de modo indubitable, esa dirección.
Decirle a los niños, para que piensen de una manera distinta:
que la desigualdad social que vivimos los mexicanos y los veracruzanos, no es
por designio divino ni por flojera de nuestros padres, sino por ese oprobioso
proceso de producción capitalista que
nos ha convertido a unos en asalariados y a otros en patrones. Que estos, para
seguir disfrutando del confort que la vida les da, usan al policía, al
granadero, al soldado, para reprimir toda manifestación que atente contra sus
sagrados intereses, pero además, nos pagan exiguos salarios. Que cuando se pide
aumento de sueldo, nos ofrecen un máximo del 5%, pero cuando los capitalistas
deciden subir el precio de las mercancías, les autorizan hasta un 30%, si es
que no más, pues para ellos la exigencia es mantener el mismo estado de confort
al cual ya están acostumbrados. Que matemáticamente extraigan la diferencia:
¿cuánto hay de diferencia entre el 30 de los capitalistas y el 5 de aumento de
los trabajadores? Es un 25%, lo cual significa que ese 25% es lo que el
capitalista requiere para bien vivir; en cambio, a los obreros, sólo se le da
el 5% que apenas le alcanza para mal vivir.
Decirles también a esos niños, aprovechando la clase de
valores, que entre vivir callado, humillado, golpeado por quienes se creen
dueños del destino humano, el maestro ha tomado la decisión de salir a la
calle, protestar por las leyes injustas que nos quieren esclavizar. Que por eso
los paros, las marchas, las tomas de casetas, que un maestro así es digno de
tomar en cuenta, porque para a ellos no les toque vivir la misma situación de
represión que ahora se vive, han decido levantar la voz, marchar por las
calles, expresarse en toda su potencia: decirle al gobierno que ya no quieren
seguir siendo tratado como esclavos, sino
como seres humanos que somos.
Pero además, asumir seriamente el segundo compromiso
2) Empezar desde abajo y con los de abajo, un proceso de
organización lenta, persistente y gradual, de un nuevo sindicalismo más acorde
con las banderas de los verdaderos maestros, no de los líderes charros que hay
en cada sindicato. Una organización que sea independiente del gobierno del
Estado, de la casta burócrata caciquil y sindical que dirige la familia
Callejas o de cualquier otro apellido que por ahí esté incrustado. Una
organización que luche por defender y enseñe a luchar a todo el magisterio,
para que esa represión que se dio el 14 de septiembre por la madrugada, en la
ciudad de Jalapa, Veracruz, y la que se
dio el 13 de septiembre en el zócalo de la ciudad de México, nunca vuelva a
repetirse. Pero eso sólo se podrá lograr
si, además de estructurar un nuevo sindicalismo, también reflexionamos como
individuo y cómo grupo, qué tipo de gobierno es que queremos que nos gobierne y
dirija. Y esto implica, poner en la mesa de discusión el asunto de la política.
Por qué así? Porque todo lo educativo es político, y todo lo político implica
una acción pedagógica. Aquel maestro que se diga sólo maestro, sin nexo con la
política sea como punto de reflexión o de acción concreta, equivocó su camino
o está desorientado.
Digo entonces, que no es posible vivir la vida sin hacer
política, sin reflexionar lo que ocurre en la ciudad o en el país. Un maestro
se convierte en político cuando en clase con sus alumnos discute lo que sucede
en su medio social, en su ciudad, en su país. Pone el asunto a discutir y juega
el papel de orientador, de portador de luz para que los alumnos o sus escuchas
reflexionen el problema y tomen una decisión, lo más autónoma que se pueda.
Nunca impuesto, eso sí. Siempre intentando que los alumnos vayan formando un
criterio propio, sin influencias nocivas que mecanicen sus tomas de decisiones.
Un maestro así es lo que necesitamos en las aulas: comprometido con sus
alumnos, con su país, pero siempre asumiendo un criterio independiente de todo
criterio rutinizado, un maestro reflexivo, crítico que no solo enseña con la
teoría, sino que se nutre del ejemplo y de la práctica concreta para ir forjando
mentes autónomas con sus alumnos.
