jueves, 17 de octubre de 2013

LOS POETAS SOMOS COMO LAS BAILARINAS.



LOS POETAS SOMOS COMO LAS BAILARINAS. 

Samuel Pérez García
Éstas para sobrevivir, no dudan en desnudarse y dejar que otros ojos las admiren o las denigren. Cuando lo hacen, van aventando sus prendas, en espera de que los hombres las atrapen para que él sea quien se las vuelva a colocar. Los hombres las admiran; las esposas las desprecian.
Los poetas, para vivir, van como en cámara lenta, aventando sus penas sin el menor pudor. Pero no venden su cuerpo, aunque sí, el alma, porque cada poema lleva algo de ellos que se descubre, si se sabe leer eso que el poema encierra. Y al igual que las bailarinas, también son admirados, pero también denigrados. Unos los quieren, pero otros los desprecian.
Contrario a las bailarinas, los poetas se mueren de hambre, porque los poemas no tienen el precio que posee un cuerpo joven y escultural. Incluso, aunque el poeta fuera femenino. 
Así, pues, en el mercado vale más una bailarina que un poeta. 
Este desequilibrio mercadotécnico se da, porque para la mayoría de la población, la poesía no existe. Acostumbrados a sentir y pensar cuadradamente, la gente prefiere alimento para el cuerpo, pero nunca para el alma. La mercancía de los poetas es etérea, goce intelectual, ánimo para el corazón de quienes saben apreciarla.
Las bailarinas, antes de bailar para la concurrencia, entran al escenario con ropajes que le cubren todo el cuerpo. Al ritmo de la música, se irán despojando de ellos, hasta quedarse sin ninguna prenda. El chiste de su baile no es la música ni el ritmo que le imprima, sino el cuerpo desnudo que hará suspirar a la clientela.
Los poetas, casi proceden igual. Pero tienen su diferencia. Antes de subir al escenario escriben un libro, y al ritmo de la propia euforia que genera su egolatría, dan lectura a sus poemas. Simbólicamente, cada poema es la ropa que se va quitando y que el poeta avienta al respetable. Al proceder así, se emparenta con la bailarina. Cada poema es una prenda que el poeta se despoja. Pero mientras que la bailarina muestra a la clientela su sexualidad a toda asta; el poeta muestra su sensibilidad hasta decir basta. Pero ahí donde aquella engancha el aplauso y los billetes, el poeta encuentra un aparente aprecio frente a muchos menosprecios.
Debido a estos últimos, el poeta teme a que lo tilden de loco. Por eso nunca arma su fiesta solo. Siempre se busca dos o tres padrinos, es decir, sus presentadores. Con ellos se llena de valor y acepta dar a conocer públicamente su trabajo. Cuando eso sucede, el poeta sabe si ha pasado la primera prueba. Que generalmente siempre ocurre bien. El se cuida que al evento solo llegue su familia y sus amigos. Eso hace una diferencia enorme entre la bailarina y el poeta: aquella, a los que menos invita es a los amigos, porque éstos siempre buscan cachuchazo, y ella lo que quiere es clientela que la arrope con billetes cafecitos de tres ceros.
Pero pese al menosprecio generalizado del poeta, éste se cree un ser distinto. Lo cree porque usa un lenguaje propio a la cofradía de locos a la cual pertenece. A través de ese lenguaje, crea emociones que son como un toloache para los enamorados, o aquellos que sufren una pena profunda. Como tú comprenderás.
La bailarina no tiene ese lenguaje, pero sí el que su cuerpo despide. Ese es su toloache. Frente a la pasión intelectual que el poeta genera en el alma; ellas son una veta de pasión sensual que vende al mejor postor. La pasión de ellas encandila al más reacio. La emoción que el poeta genera, difícilmente podría conseguir los pesos que ella conquista en una noche de licor y amor comprado.
Por eso, ser poeta es lo más triste que hay en la vida. Las niñas cuando lo son, admiran a las bailarinas, pero no a los poetas. Y si a uno se le ocurre decirle a su padre, que de grande le gustaría ser poeta, el papá se queda zombi. Uno tiene el derecho de formarse en cualquier profesión u oficio, pero nunca de poeta, salvo que quiera morirse de hambre y mostrar sus penas al mundo, igual como las bailarinas del table dance o como yo haré en esta noche. Y la verdad, sinceramente, para eso de la poesía hay que tener mucho valor. Pues no es fácil mostrar las penas al mundo. En cambio, la bailarina muestra su pubis al mundo sin presentar rubor.
Y si me lo permite, me voy al Caballo Blanco o al de Lola, no por la poesía, sino por la bailarina que he de encontrarme ahí. 
í. 

DIALOGO O REPRESIÓN. LA ENESIMA TOMA DEL YURIBIA

Imagen de Yuribia, en Tatahuicapan de Juárez, Veracruz


Samuel Pérez García

En el sur de Veracruz,  los ciudadanos trinan con los maestros y piden a gritos que entre la policía federal y el ejército a desalojar a quienes mantienen en su poder las tomas de agua del Yuribia, el cual surte de ese líquido vital a importantes ciudades como Coatzacoalcos, Minatitlán y parte de Cosoleacaque.
Me pregunto si en su enojo han reflexionado que una entrada violenta de la policía federal y del ejército, en lugar de resolver el problema lo agravaría, pues deben ponerse a pensar que la situación no es un asunto local, sino nacional. Lo que maestros piden son acuerdos con el gobierno federal y estatal para destrabar el asunto de la reforma educativa. Y en esto los maestros tienen razón.
Desde luego, también a los ciudadanos les asiste la razón de pedir agua, pero deben preguntarse porque carecen de ella. Y habrá que recordárselos. Desde los sesenta el problema del agua en Coatzacoalcos era ya crítico. Los pozos que se tenían no abastecían a la pequeña ciudad. Entonces, las autoridades en lugar de buscar su abastecimiento en su propio municipio a partir de los mantos freáticos locales, lo fueron a buscar en un lugar que no es suyo, sino de los indígenas de la sierra, que antes pertenecía a Mecayapan, y que ahora es municipio libre: Tatahuicapan de Juárez. De la década de los ochenta a la fecha de hoy, gobiernos fueron y llegaron y no se preocuparon de entre otros aspectos, de los siguientes: el de contar con agua autónoma y no dependiera de otro municipio. Eso se debió a que pensaron que el agua de Tatahuicapan les salía barata, además de que los indígenas no reclamaban mucho, basta entregarle unas cuentas de vidrio o untarles la mano a los agentes en turno para calmar cualquier desazón. Al pensar así, se olvidaron del asunto del agua, hasta que los indígenas despertaron y encontraron en el Yuribia un punto de negociación para su propio desarrollo. Empezaron entonces a exigir condiciones mejores para elevar la vida de los pueblos que se encuentran en torno al Yuribia: Pajapan, Mecayapan, Tatahuicapan y todas las demás comunidades. Pero esto ocurrió hasta que Tatahuicapan, centro de ubicación del afluente, se hizo municipio libre. Fue hace algunos años que los pueblos indígenas se propusieron exigir que se le compensara con obra pública, la extracción de agua, que los ayuntamientos proveedores pagan barato pero que le cobran caro a la ciudadanía a quienes les surte. Sin embargo, tales pagos en obra pública no se ha dado de modo cumplido por parte de las autoridades, y esos retrasos ha hecho que dichos pueblos se organicen y se vean obligados a cerrar las tomas de agua como medio de presión y negociación.
Hoy, durante el mes de septiembre (15 y 16) y ahora octubre (12,13,14,15 y los días que sigan), se han cerrado dos veces las válvulas. En la primera que duro dos días, fue para presionar al gobierno a que bajara el Secretario de Gobierno para establecer un diálogo con los maestros que exigían no se les reprimiera por las acciones que tomas de casetas que habían llevado a cabo en su lucha contra la reforma educativa, ni tampoco se les sancionara por los días que habían faltado a sus labores.
Como resultado se firmó una minuta, pero el gobierno no ha cumplido su parte. Por eso los profesores volvieron a tomar el acueducto y exigen diálogo con el gobernador directamente, sin que éste se inmute por resolver el problema. Su actitud es de hacer que el problema crezca en lugar de atender tanto los reclamos magisterial y ciudadano, de donde éstos últimos, por su falta de entender las causas que originaron el movimiento de los mentores, ahora les echan la culpa a éstos del desaguisado, cuanto que el culpable es otro: el gobierno federal al estar promoviendo leyes que atentan contra los maestros y también contra la educación pública de las nuevas generaciones.
Ahora bien, los ciudadanos quieren agua y exigen que el gobierno intervenga violentamente contra los paristas. Los maestros quieren ser atendidos y por eso cierran las válvulas que, desde luego, afecta a los ciudadanos. Y si el gobierno estuviera en favor de los ciudadanos, debería acudir al reclamo del magisterio, que sólo exige diálogo pronto y directo. Pero el gobernador Javier Duarte no hace caso. En ese inter, y mientras lo piensa, los ánimos van a caldearse demasiado de parte y parte, y el desenlace puede ser funesto.
Ya hemos tenido la primera muerta en este Estado a resusltas de un choque carretero y no queremos más muertes. Por eso, el gobierno del Estado debe acudir al diálogo que exigen los maestros para resolver parte del problema, pues sabemos que la derogación de la ley educativa no depende de él, pero sí depende de su investidura, que no se sancione a los maestros por la lucha que encabezan contra las leyes punitivas que el gobierno federal ha establecido en su contra.

Así, pues esperemos que la toma del Yuribia, sea para resolver  parte del problema que se vive y no para agravarlo. Eso dependerá del grado de sensibilidad que tenga el gobernador. Pues si le apuesta a la represión, los pueblos indígenas no van a permitir que se les reprima, ni tampoco el magisterio. Un acto de esa naturaleza, en lugar de limpiar el camino, va a espinarlo. Esperemos que eso no suceda.