lunes, 8 de marzo de 2010

DE TODAS LAS MUJERES
José Luis Ortega Vidal.

Llegué al Sur el verano de 1990.
Tomé un taxi en la central camionera de Acayucan y seguí las instrucciones.
“Pide que te lleven con don Germán Rodríguez Filigrana”, me dijeron…
Eso hice y tal como me habían dicho fue como indicar una dirección precisa, pública, muy fácil de ubicar.
A los pocos minutos dialogaba con un hombre de pelo crespo y muy negro, vestido con un coordinado blanco. Un poco robusto y de evidente ascendencia árabe.
Era radiólogo, despachaba en el centro de la ciudad y amaba profundamente la cultura.
Durante los días subsiguientes platicamos sobre diversos temas: la casa de cultura de Acayucan, que era una especie de hijo putativo de don Germán, fue el asunto principal.
Un día me habló de su Taller de Literatura.
“Lo da un filósofo, se llama Samuel Pérez García pero usa un pseudónimo: se hace llamar Manuel Alvarez Boada”, me contó.
Samuel es poeta, historiador, narrador, maestro y además, cuando se echa unos tragos, de pronto le da por correr… Corre, corre mucho, nomás lo observo, pienso que es porque tiene mucha energía…
Eso me platicó –siempre sonriente- aquel hombre que con los años llegué a querer mucho y que hoy extraño.
Hoy, también pienso que la vida vale lo que pesa en viento.
Recuerdo a don Germán Rodríguez Filigrana y lo evoco como uno de esos seres extraños que además de creer en la vida, asumía la misión de volverla mejor a través de la cultura.
Don Germán siempre supo algo que yo descubrí con los años:
Samuel Pérez García es un hombre de oficio vientero.
Crea versos, crea palabras que son alientos, que son vientos; los arroja por los confines y luego los pone en manos de la gente.
A través de la poesía y la narrativa podemos acceder a la báscula de nuestro propio peso y el autor del libro de cuentos “De Todas las Mujeres” nos facilita el acceso al retrato de lo que somos, de quienes somos, de lo que hemos sido y de lo que, inevitablemente, seremos.
“De Todas las Mujeres” es una obra que puebla el largo camino de la literatura propia, trazado por Samuel Pérez García.
Ensayo, poesía, relato, discurso, el autor también abraza una relación directa con el cuento breve.
“De Todas las Mujeres” es un libro conformado por doce cuentos pequeños.
Milingo, un personaje constante en la obra, es un narrador-narratario de muchos rostros.
La temática del viejo Puerto México no sólo aparece en la biografía de Samuel Pérez García. Su obra también narra, puntual, los encuentros con este escenario y suele ofertar un retrato muy singular de una sociedad que ha evolucionado durante las últimas décadas para autodefinirse como un universo moderno y cosmopolita.
El Coatzacoalcos de hoy, el Puerto México del ayer, no pueden negar lo que son en su origen: un pequeño pueblo junto a la playa, en un sur de mucho calor tropical, pero sobre todo de un intenso calor humano.
Los doce cuentos “De Todas las Mujeres” vinculan sus inicios y concluyen en una sociedad que aparentemente se fue pero que, en sentido estricto, está entre nosotros.
Hay tal descripción de Milingo y de las muchas mujeres de su vida, que el autor logra exitosamente recordarnos que dicho personaje está aquí, plenamente vivo, entre nosotros, en el viejo Puerto México que devino Coatzacoalcos.
Trasladar una visión de esa naturaleza al terreno de la literatura es un logro notable que sólo se obtiene con el oficio que dan los años.
El ambiente, el lenguaje, los perfiles, los personajes y la credibilidad de las historias son recursos técnicos que se dominan con tiempo, talento y disciplina.
El autor de la obra “De Todas las Mujeres” reúne estos requisitos y los plasma en un libro de lectura obligada para observar al Puerto México que Coatzacoalcos lleva dentro y que las nuevas generaciones deben conocer, para reconocerse a sí mismas en el aspecto que esta obra aborda: el rostro del amor y su contraparte dialéctica: el dolor.
Dos cuentos de la colección que nos ocupa son, para mi gusto, los más completos: “Marysombra” y “Yolanda”.
Son los más genuinos, los más profundos, los mejor logrados y verosímiles.
El autor intenta evitar las salidas fáciles y en ocasiones no lo logra.
Y estos dos cuentos, sin duda, cruzaron la meta.
La obra, en general, asemeja una buena creación musical.
Inicia con una presentación discreta pero luego crece, crece, crece sin detenerse más.
Salvo al final.
La narración conduce al lector al éxtasis y luego, de pronto, lo arroja a cierta insatisfacción.
Eso habría, quizá, que reclamarle al autor: la entrada final de la orquesta en pleno, que uno espera para la despedida y que no llega.
No obstante, la obra deja un buen sabor de boca.
Se trata del trabajo de un profesional, de un narrador experto, talentoso.
Quizá, el libro adolece de un buen trabajo de edición, lo que afecta la obra. Nada más.
No obstante, allí están las historias, doce de ellas.
Allí están los personajes: las mujeres como motivo esencial y un hombre, Milingo, que define su vida en sus encuentros y también en sus despedidas definitivas.
Allí están los paisajes: el sur como fondo, el mar como contraste vital.
Y el amor, el dolor, la decepción y los fracasos amorosos que aparecen como motivos de las narraciones.
Estamos ante una obra que frente al trasfondo psicológico, opta por exponernos las vivencias llanas de los personajes; algunas de ellas muy crudas y realistas: como el caso de la niña violada por el padre ciego, convertida ahora en la adulta que requiere de la imagen violenta de su pasado para acceder al sexo.
En historias coherentes y la mayor parte bien expuestas, radica el alma de la obra.
Al terminar la lectura el autor nos deja la sensación de que hay Milingo para más.
El pasado del muchacho de Puerto México y el entorno psicológico de su vida, bien valdrían la pena en más trabajos de Samuel.
Ya lo hizo y esperamos que lo siga haciendo: crear un trabajo literario que retrate con acierto una parte de la sociedad que el sur es.
Veinte años atrás supe que a Samuel le gustaba correr por las calles de Acayucan.
Con el tiempo lo leí y entendí la circunstancia: Insisto, Samuel es un creador de vientos.
Esta vez, en la lectura de su nuevo libro, he recordado a don Germán Rodríguez Filigrana y he encargado a uno de los versos de Samuel que lo salude donde esté y le diga que se le recuerda con cariño.
También es preciso decirle que acá, en su querido Sur, sigue habiendo gente que como él vive para la cultura.
Gracias Samuel por el motivo para el recuento y el recuerdo.
Gracias don Germán, donde quiera que esté.
Gracias a la Casa de Cultura de Coatzacoalcos y a su directora, una histórica promotora cultural: Angélica Carmona.
“De Todas las Mujeres”, una obra literaria que es De Todo el Sur.
Que lo retrata en su pasado, que lo refleja en su presente y que lo enriquece