
POR LA VIDA EL ROCK Y EL OLVIDO.
Luis Alonso Fernández .
Cómo se cuenta en el libro de Dante, en el dintel de la puerta de entrada del libro de Samuel Pérez García, Antes del olvido, se lee, en caracteres negros, una Advertencia, pidiendo “que nadie piense, imagine sonsaque. Esta no es la memoria del autor ni sus pretexto ocultos. Es un intento por mostrar la vida desde lo más profundo, un recuento de lo humano por sus avatares, contar las mañanas de lo acontecido. Tal vez otro modo de decir: si estoy muerto es por lo que vivo”.
Al iniciar el descanso en la lectura que llega a la ciudad, aquella puerta de provincia de todas partes, con sus calles de arenales y su parque central, núcleo de la vida que algún benemérito ocurrente manda derribar para construir un monumento a su propia estupidez.
Acuérdate machín, los años sesenta, escuchando en la cafetería la música de los Fenders locales y a los Vétales del mundo, Emiliano Zapata, Santana tocando “oye como va”, Chicago en el puerto, pelo largo, el aliviane, el primer amor jamás hablado.
El autor confiesa –porque sus recuerdos son una confesión- que abandonó y regresó a la poesía por causa de una mujer, distinta cada vez. Un viaje (los recuerdos) a otro viaje ( la vida recordada), un descender a los círculos del pasado para saborear –si no redimir- un amor que “se pensaba equivocado” por “saberse escondido”, viviendo “entre la paz y el derrumbe”, con la poesía como testigo.
No son otros los que mirar sufrir el viajero conforme desciende los círculos del libro, es él mismo en sus renuncias del amor a quien encuentra. Sabe que carece de sentido regresar a ese pasado sin solución; sin embargo, continúa para escuchar las voces amadas en el ruido del oleaje en la playa.
Hay que decir dos cosas de Pérez García: gramaticalmente, en cuestiones de género, es un ortodoxo fundamentalista: existe el masculino (el hombre) y el femenino (la mujer) –ortodoxo-, y esa es su verdad única y última –fundamentalista: pero literariamente, a Pérez García los géneros le valen madre. Esto es claro en la estructura del libro que comienza con una crónica, se mezclan relatos, cuentos, declaraciones de principio que apuntan al ensayo, y poemas. Y no sólo por este mezclar de prosa y poemas, sino porque en él la poesía permea la prosa mostrando siempre esa visión contestataria del mundo que tiene el autor. Como ejemplo tomaremos el texto “Un corazón aferrado a su única esperanza” que por breve (media página) cito completo:
Para Lulú
Que sea como el viento la última mujer que conmigo duerma. Que traiga la frescura en sus costados, la mirada limpia como el sol de marzo. Que deje a un lado los recuerdos que le duelen, que se olvide de ellos. Con ella no quiero repetir nada, ni siquiera el modo de quitarle su vestido. Me gustaría inventar otra manera de quererla. No ser el mismo hombre que fui con sus veintiún eneros. No la hora con sus sesenta minutos cada día. No el poeta que aprendió a mirar en ella la ternura más vasta, inalcanzable. No el mismo olvido ni la apretada soledad de la sombra. Tal vez el tropel con que llegan los recuerdos. Quisiera que esa mujer fuera como la lluvia que dobla palmeras y más de un sueño. La calle vacía donde creció mi infancia con su risa desguarnecida. Quisiera que ella fuera un corazón aferrado a su única esperanza.
Podríamos cortar este texto en unidades poéticas y tendríamos un poema en verso libro de la mejor estirpe. Definidamente, Pérez García es un poeta. El dice “soy un poeta” con el mismo gesto con que se recoge una concha de arena y se la arroja al mar. No sé si tenga razón en sus cuestionamientos a la vida (de cualquier modo, nadie le gana a la vida), pero si sé que es un poeta, y para muestra, entre otros está “Antes del olvido”.
Luis Alonso Fernández .
Cómo se cuenta en el libro de Dante, en el dintel de la puerta de entrada del libro de Samuel Pérez García, Antes del olvido, se lee, en caracteres negros, una Advertencia, pidiendo “que nadie piense, imagine sonsaque. Esta no es la memoria del autor ni sus pretexto ocultos. Es un intento por mostrar la vida desde lo más profundo, un recuento de lo humano por sus avatares, contar las mañanas de lo acontecido. Tal vez otro modo de decir: si estoy muerto es por lo que vivo”.
Al iniciar el descanso en la lectura que llega a la ciudad, aquella puerta de provincia de todas partes, con sus calles de arenales y su parque central, núcleo de la vida que algún benemérito ocurrente manda derribar para construir un monumento a su propia estupidez.
Acuérdate machín, los años sesenta, escuchando en la cafetería la música de los Fenders locales y a los Vétales del mundo, Emiliano Zapata, Santana tocando “oye como va”, Chicago en el puerto, pelo largo, el aliviane, el primer amor jamás hablado.
El autor confiesa –porque sus recuerdos son una confesión- que abandonó y regresó a la poesía por causa de una mujer, distinta cada vez. Un viaje (los recuerdos) a otro viaje ( la vida recordada), un descender a los círculos del pasado para saborear –si no redimir- un amor que “se pensaba equivocado” por “saberse escondido”, viviendo “entre la paz y el derrumbe”, con la poesía como testigo.
No son otros los que mirar sufrir el viajero conforme desciende los círculos del libro, es él mismo en sus renuncias del amor a quien encuentra. Sabe que carece de sentido regresar a ese pasado sin solución; sin embargo, continúa para escuchar las voces amadas en el ruido del oleaje en la playa.
Hay que decir dos cosas de Pérez García: gramaticalmente, en cuestiones de género, es un ortodoxo fundamentalista: existe el masculino (el hombre) y el femenino (la mujer) –ortodoxo-, y esa es su verdad única y última –fundamentalista: pero literariamente, a Pérez García los géneros le valen madre. Esto es claro en la estructura del libro que comienza con una crónica, se mezclan relatos, cuentos, declaraciones de principio que apuntan al ensayo, y poemas. Y no sólo por este mezclar de prosa y poemas, sino porque en él la poesía permea la prosa mostrando siempre esa visión contestataria del mundo que tiene el autor. Como ejemplo tomaremos el texto “Un corazón aferrado a su única esperanza” que por breve (media página) cito completo:
Para Lulú
Que sea como el viento la última mujer que conmigo duerma. Que traiga la frescura en sus costados, la mirada limpia como el sol de marzo. Que deje a un lado los recuerdos que le duelen, que se olvide de ellos. Con ella no quiero repetir nada, ni siquiera el modo de quitarle su vestido. Me gustaría inventar otra manera de quererla. No ser el mismo hombre que fui con sus veintiún eneros. No la hora con sus sesenta minutos cada día. No el poeta que aprendió a mirar en ella la ternura más vasta, inalcanzable. No el mismo olvido ni la apretada soledad de la sombra. Tal vez el tropel con que llegan los recuerdos. Quisiera que esa mujer fuera como la lluvia que dobla palmeras y más de un sueño. La calle vacía donde creció mi infancia con su risa desguarnecida. Quisiera que ella fuera un corazón aferrado a su única esperanza.
Podríamos cortar este texto en unidades poéticas y tendríamos un poema en verso libro de la mejor estirpe. Definidamente, Pérez García es un poeta. El dice “soy un poeta” con el mismo gesto con que se recoge una concha de arena y se la arroja al mar. No sé si tenga razón en sus cuestionamientos a la vida (de cualquier modo, nadie le gana a la vida), pero si sé que es un poeta, y para muestra, entre otros está “Antes del olvido”.