
Samuel Pérez García.
Una crónica puntual, incisiva, novelesca a veces, empleando el enfoque biográfico que adereza la circunstancia política que llevaron a Elba Esther Gordillo, en la dirigente del hoy, todavía poderoso, Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, SNTE, es lo que logró Ricardo Raphael de la Madrid en el libro Los socios de Elba Esther, obra publicada por la editorial Planeta, y que todo maestro honesto debería leer para enterarse en donde residen las causas mayores y principales por las que ha transitado la educación básica en México.
Formada con apenas estudios de secundaria, y actualizada, tal vez, en algún centro de capacitación de Comitán o del valle de México, la profesora Elba Esther Gordillo, llegó a la primera esfera del poder político, gracias al apoyo que le prestara en su oportunidad Carlos Longitud, líder vitalicio de Vanguardia Revolucionaria y poder tras el trono desde aquel 1972, cuando Luis Echeverría lo ungió como líder alternativo en el Sindicato de profesores más grande de México y América Latina.
Al llegar al valle de México, viuda de su primer marido, dirigentes chiapanecos recomendaron a Elba Esther Gordillo con Carlos Longitud para que la ubicara en alguna plaza en la capital del país o en ciudad Netzahualcoyotl, lugar de procedencia de Arturo Montelongo, su primer esposo. Una vez llegado al altiplano, Elba Esther tuvo que pasar penurias para poder sobrevivir con su hija pequeña, y para ello tuvo que hacerla de maestra en las mañanas, recepcionista por las tardes, y mesera en las noches. Ante tal circunstancia quiso obtener una beca de apoyo para que su hija pudiera estar en una guardería de paga para que se la cuidaran todo el día, y esa petición lo llevó a vivir un pasaje aciago en su vida. El líder del SNTE que iba a ayudarla la citó en un restaurante de un hotel con sus documentos; al llegar al lugar el mismo dirigente le indicó que subieran a un cuarto del hotel, pues ahí tenía sus oficinas. Dice ella que ingenuamente subió con todos sus papeles, pero al ingresar a la habitación se enteró de la verdad: la beca estaba condicionada a ser pagado con cuerpomatic. Cuenta que bajo llorando de esa habitación…Dice ella.
Pronto se integró a profesores que profesaban una ideología de izquierda y luchó por ganar un espacio en el espectro político sindical. Pero cuando llegó la época de Luis Echeverría, éste para congraciarse con la sociedad y amainar los conflictos con la nueva generación de profesionales, creó la estrategia de cooptar a los cuadros rebeldes con posiciones en el gobierno. Así fue como Elba Esther se integró a ocupar posiciones cada día más elevadas dentro del SNTE, siempre contando con el aval de su protector Carlos Longitud Barrios, quien también subió en esa época como líder nacional del sindicato. Gracias a ese apoyo fue diputada dos veces y llegó a formar parte del comité ejecutivo nacional. Pero en el periodo de Miguel de la Madrid Hurtado, siendo diputada, le tocó responder al penúltimo discurso de Miguel de la Madrid. Con ese discurso, muy al estilo de la vieja guardia priísta, lisonjero a decir basta, logró llamar la atención de la clase política mexicana de aquel entonces, y esto molestó al líder vitalicio del SNTE, por lo que reaccionó privándola de participar en las cercanías del poder sindical, pues entreveró –no sin razón- un futuro caballazo.
Cuando se acercaba la sucesión presidencial de Miguel de la Madrid, Elba Esther ya se encontraba alejada del primer círculo de seguidores de Carlos Longitud, pero había creado vínculos con Manuel Camacho, hombre muy cercano a Carlos Salinas de Gortari. Este traía en mente plantear un proyecto de renovación educativa, al cual quiso que en su tiempo calificar como el mejor planteado desde la época de José Vasconcelos. Para lograrlo, el presidente, al ver que la revuelta de profesores disidentes al SNTE crecía sobre todo en la capital del país, desarrolló una estrategia para resolver el conflicto. Una medida para eso fue la defenestración de Carlos Longitud, pero había que buscar quien la podía sustituir sin que dicho líder siguiera mandando tras el trono. En esos corrillos del poder Manuel Camacho Solís recomendó que la mejor carta para sustituir al líder vitalicio es Elba Esther Gordillo. Para operar la medida de destitución del líder, Salinas de Gortari comisionó a Manuel Bartlet Díaz, en ese entonces secretario de educación, para invitar a que el líder sempiterno del SNTE acudiera a Los Pinos donde se le plantearía la necesidad de abandonar el cargo; y a Manuel Camacho para que llevara la tarde de ese mismo día a Elba Esther Gordillo para comunicarle que sería la sustituta. Cuenta en el libro Ricardo Raphael que al enterarse Carlos Longitud quien iba a ser su sustituto no pudo evitar que una lágrima asomar en sus ojos.
A partir de ahí comenzó la gloria para la dirigente sindical. Pero también a sufrir las embestidas que surgen estar en ese nivel, pero de las cuales –hasta ahora- la mujer ha salido airosa no sin serios raspones. Para ese tiempo la pobreza ya había quedado atrás. De vivir en lúgubre vecindades del Valle de México, Elba Esther pasó a Polanco, que luego cambió por una lujosa casa en Bosques de las Lomas para cambiarse con toda la familia. Dinero que ella dice que obtuvo de sus cargos como diputada y senadora y de dirigente sindical, pero nunca ha reconocido haber empleado para provecho personal las cuotas de cerca de un millón de trabajadores administrativos y docentes, que puntualmente cada quincena la SEP le entrega. Eso dice ella.
Vale la pena contar aquí algunas de esas embestidas. La primera fue la que operó Manuel Bartlet Díaz como secretario de educación. Por indicaciones de Salinas, el secretario de Educación se propuso llevar a cabo una reforma educativa donde el SNTE no tendría ninguna participación en asuntos de la educación, pues para ese entonces se había diagnosticado que el sindicato nacional tenía cooptado innumerables puestos, y sería un serio obstáculo a la reforma programada. Salinas quería en ese entonces modernizar la educación transfiriendo los planteles, los recursos administrativos y humanos a cada uno de los estados, lo cual implicaba la desaparición del sindicato como nacional y constituir 32 sindicatos independientes. Cuando Elba Esther lo supo, montó en cólera, pues ella no estaba enterada de ese proyecto, y empezó el conflicto, el cual se dirimía en los diarios. Para evitarlo, Salinas mismo invitó a su secretario de educación a que bajar el tono y conciliar, pero Manuel Bartlet no quiso hacerlo, pues considero inviable la reforma si el sindicato participaba en ella. ¡O es la reforma o es el sindicato! le planteó al presidente Salinas. Y ahí quedó. Bartlet renunció y llegó Ernesto Zedillo Ponce de León, quien ambicioso por llegar a ser presidente de la República, pensó astutamente no pelearse con la líder, sino tocarle de una bonita manera: sus propuestas no son sino lineamientos que deben ser acatados, dicen que Zedillo respondió cuando Elba Esther ofreció sus contrapropuestas a la reforma educativa salinista. En algún centro recreativo se reunió ella y su cuerpo de asesores con los del secretario de Educación y elaboraron conjuntamente lo que se conoció como Acuerdos para la modernización de la educación básica, dado a conocer en el mes de mayo de 1992 y que consistió en el traspaso a los estados los planteles, los recursos administrativos y humanos, pero no se tocó el aspecto de la división del SNTE, y si bien sería el Estado quien pagaría los sueldos, esto se haría una vez que se hubieran descontado los recursos económicos que le pertenecía al sindicato nacional: el descuento del uno por ciento y los apoyos económicos que surgieran de las negociaciones, sería la tesorería del sindicato nacional quienes lo cobraría y después lo repartiría a cada una de las secciones de los 31 estados y el Distrito Federal. Está última zona quedó excluida del acuerdo por ser área de conflicto magisterial, además de que en dicha región predominaban los opositores a Elba Esther y al propio gobierno.
Por otra parte, al realizarse de ese modo, la supuesta reforma modernizadora, lo único que logró fue pasar de una ventanilla a otra. Si antes era la ventanilla de la federación quien pagaba los salarios de los docentes y administrativos, ahora sería el estado el responsable de pagar, pero el presupuesto vendría de la federación. Un obstáculo que Ricardo Raphael da a conocer en su obra es que contrario a lo que se esperaba con relación al presupuesto educativo, fue que éste no tenía una formula adecuada para su asignación, y en lugar de eso se empezó a proporcionar con razón a lo obtenido en el año anterior, y no en relación a las necesidades que provenían del número de alumnos, docentes, programas, etcétera, que tuviera la escuela. Así, si una escuela recibió el ciclo pasado 1000 pesos para operar, al siguiente recibiría o bien lo mismo o bien menos, todo dependía del gasto ejercido en el ciclo anterior. Con esa medida, las escuelas fueron quedando abandonadas y sin tener la posibilidad de mejorar la calidad de los servicios educativos. Y si alguna podía mejorar la atención y el servicio ofrecido a la sociedad, esto dependía de la relación que sus directivos tuvieran con la cúpula sindical o del gobierno en turno. O bien a la presión política ejercida.
Otro aspecto de esa mentada modernización educativa fue la carrera magisterial, así como unir en un solo concepto a la educación preescolar y primaria con la secundaria. Ahora la educación básica abarcaría a los tres niveles. El primer caso, dice Ricardo Raphael, fue un engendro de Reforma, cuya esencia era adquirir puntos por cada curso y subir de nivel con la presentación de examen, cuyos beneficiados directos han sido aquellos maestros fieles y sumisos a los designios de los líderes en turno. Al respecto, es entendible como en corrillos se comenta, cómo los menos diestros en el saber, son quienes pasan esos exámenes y suben de nivel, en tanto los maestros dedicados y responsables, siguen permaneciendo con su categoría inicial. Por eso es que Elba Esther aceptó la reforma Salinista, pues no se le quitó nada de su poder, al contrario se le amplió.
Pero la relación con Zedillo no fue siempre armónica. Pues resultó que este secretario comenzó a operar los planes y programas sin comunicárselo a la líder, quien aparte de los recursos financieros y programas que lo beneficiaban, quería también entrometerse en los lineamientos pedagógicos, los cuales eran competencia de la federación. Rebuznó todo lo que pudo, pero no impidió que Zedillo impulsara un cambio en los programas de educación básica y que fueron planteados en los libros de texto. Pero cometió un error: en la elaboración de los libros de textos gratuitos se fincaba responsabilidad a las fuerzas armadas por el suceso de 1968, se valoraba a los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo como populista e ineptos, además desaparecían del panteón nacional Los Niños Héroes y El Pípila. Al aparecer esos libros de texto, hubo inconformidad del ejército y de los expresidentes aludidos, y eso le permitió a Elba Esther prender la mecha para crear el alboroto entre el magisterio, lo que llevó finalmente, a la sustitución de Zedillo por Miguel González Avelar.
Esta pugna con el secretario de Educación salinista le costó para 1995, por un lado que la obligaran a dejar la Secretaría General, que por estatuto debía abandonar, aunque para eso había conseguido con antelación ganar un escaño en el Senado. Pero también a que el presidente nunca la recibiera, sino hasta que se acercó la sucesión presidencial del año 2000. Para eso, Elba Esther Gordillo ya había andado en otras esferas que le arrojaron otro perfil distinto a una maestra de poca talla intelectual. Para quitarse esa imagen, la profesora contrato asesores y apoyos que pronto le cambiaron su léxico: ahora hablaba de democracia, de transparencia, de rendición de cuentas, y hasta elaboró unos estatutos, donde bien se cuidó de incluir a los opositores dentro de las planillas sindicales de cada región, y si bien las delegaciones son elegidas con el voto universal y secreto, no sucede lo mismo para elegir a los secretarios generales, quienes se eligen por delegados, propiamente amaestrados, y cooptados mediante favores futuros o anteriores recibidos. Esos cambios de fachada, lo llevaron a relacionarse desde 1994 con intelectuales de la talla de Jorge Castañeda, Carlos Monsiváis, y políticos como Vicente Fox y otros.
Así, cuando Ernesto Zedillo la manda a llamar es porque al presidente su propio partido le había amarrado las manos para elegir a su sucesor. El PRI, previendo que el presidente podía ungir como sucesor a un cuadro técnico tal y como lo había sido Miguel de la Madrid, Salinas y el mismo Zedillo, modificaron los estatutos del partido, poniendo como condición principal que un candidato a un puesto de gobernador o presidente de la República tenía antes que haber ganado algún cargo mediante el sufragio. Eso ató las manos a Zedillo para ungir a su sucesor favorito. Y en busca de aliados mando a buscar a Elba Esther. Dice ella que en la charla, el presidente le planteó una posible derrota del partido oficial. Eso prendió la duda en la dirigente sindical y convocó a sus asesores para discutir la situación. Estos razonaron que el dicho del presidente había que entenderlo de que ella estaba liberada para apoyar o no a su propio partido. Con esas luces, Elba Esther se puso a jugar por dos bandas: apoyar a Labastida Ochoa abiertamente, y por debajo del agua a Vicente Fox. Iba y venía con otro. Y para tener información de la primera mano uso a los maestros para crear un cuerpo electoral de primer orden para efecto de ir conociendo minuto a minuto el avance de los resultados electorales el día de la elección. Así fue ella una de las primeras en saber, igual como había sido en 1994 con Ernesto Zedillo, del triunfo de Vicente Fox. Eso le permitió congraciarse con este presidente y conseguir la permanencia para ella ante el cambio democrático.
¿Y la calidad de la educación? Esta quedó hundida gracias a la política. Más que buscar el mejoramiento de ésta, lo que Elba Esther hizo en esa primera época que van desde su arribo en 1989 hasta el año 2000, fue buscar mecanismo de permanencia con el poder. Hacerse indispensable a éste no por sus proyectos educativos alternativos a las propuestas gubernamentales, sino hacerse necesaria mediante la creación de un cuerpo electoral que sirviera los intereses del cambio político. La educación es su fachada; pero lo importante es el poder. Y a tal grado ha llegado su ambición que ahora si bien ya no es la Secretaria General del SNTE, es la presidenta vitalicia y líder moral, con esa actitud obra como Carlos Longitud, quien para permanecer por siempre en el poder creó Vanguardia Revolucionaria; Elba Esther, en cambio, creó su propio partido, Nueva Alianza, mejor conocido como PANAL y la Fundación para la Cultura del Maestro y otros, que no son sino fachada que tienen como propósito conseguir medios de sobrevivencia, que queda sintetizado en esta frase de Renward García Medrano, publicado en la revista Etcétera, en julio del año 2000:
“Permítame felicitarla, profesora…No sólo ni principalmente porque con notable habilidad y agudo instinto político se está adaptando rápidamente a un realidad política que a todos nos era desconocida y a muchos resulta desconcertante, sino por su admirable capacidad de supervivencia.”.
De todo esto y de otros aspectos más, trata el libro Los socios de Elba Esther que tan oportunamente nos ha entregado Ricardo Raphael y que le permitirá enterarse a cualquier lector, sea maestro o no, las razones políticas por las que la educación en nuestro país no alcanza los propósitos que se plantea el cada sexenio de gobierno. Visto de esa manera, el sindicalismo magisterial más que una ayuda para conseguir la calidad en beneficio de la niñez, es un cáncer que imposibilita toda salud. Incluso, diría que ni quitando a Elba Esther de esa presidencia vitalicia y jubilando a todos sus incondicionales la educación podría tomar un mejor rumbo. Pues esta cultura por el poder, por la ambición de esto genera: mejoramiento de vida, dinero, placeres, ha enraizado en gran parte del magisterio, que como el cáncer, reitero, ha infestado la vida educativa a tal grado que para superarlo habría que operar una medida radical: crear un nuevo proyecto educativo que surja desde las entrañas de la propia sociedad, pero para lograrlo implicara no una revolución educativa, sino una revolución social donde sea otra filosofía la que sirva de guía para la transformación de la educación en México. Ojalá que pudiera lograrse.
