CHE GUEVARA: AHORA IGUAL QUE SIEMPRE
Samuel Pérez García
Si no te hubieran emboscado en la Quebrada del Yuro boliviano, seguro que con tu puro a medio consumir, sonreirías ante los nuevos acoses de la historia. Recostado sobre la rebeldía de tus ideas, a los pueblos latinoamericanos aconsejarías que la construcción de la nueva sociedad no es fácil ni gratuita, sobre todo cuando se trata de la independencia nacional.
Desde que iniciaste a tejer tu mundo entre las sombras, la historia se ha comportado como una quinceañera. Ahora acata los dictados del hombre, mañana los desobedece. Ayer buscábamos luminosos la vereda del socialismo trazada por Marx y por Lenin. Ahora, con los ajustes ideológicos que la realidad impone, muchos miran hacia la retaguardia, y piensan en la vieja tesis de que el Neoliberalismo es la salvación a crisis recurrente capitalista.
Mucho antes habías llegado con tu experiencia adquirida en la Sierra Maestra, al lado de Fidel y de Camilo. Eso hizo abrir una brecha más en la esperanza de otro mundo. Te fuiste a Bolivia con Inti Peredo y con otros, y desde sus montes y cañadas fraguaste el sueño de todos, la idea imposible que alguna vez soñamos: una sociedad igualitaria.
A principios de los sesenta ya había abrevado en ti Carlos Fonseca Amador en la revolucionaria Nicaragua. Aquí en México, Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas quisieron seguir tu ejemplo. Sobre sus rostros cayo la tierra enrojecida por tantos campesinos muertos. Ahora, Marcos, el Subcomandante Insurgente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, está entre los que ondean tu bandera y tus ideas de construir una patria liberada.
En Chile, Salvador Allende confió en la bondad del hombre y quiso un socialismo democrático. Vano deseo el suyo. El 11 de septiembre de 1973 cayó asesinado por las fuerzas de Augusto Pinochet, su General en Jefe. Hoy, el dictador está bajo custodia en Inglaterra, acusado de asesinar a ciudadanos españoles durante su dictadura. Vueltas que da la historia.
De igual modo no te habrías imaginado que en 1998, el gobierno cubano rescataría tus huesos y los de los guerrilleros que te acompañaron en esa gesta. Con esa acción tu argentinidad quedó trocada por la cubana, y hoy descansas para siempre en el panteón de sus héroes nacionales.
En Febrero de 1990, los sandinistas -después de diecinueve años de lucha guerrillera y diez de asumir el mando revolucionario en su país -presionados por la contrarrevolución y el Imperialismo, perdieron el poder, al conceder la apertura de las urnas para que el pueblo decidiera qué clase de gobernantes quería. Los ciudadanos -confundidos o no- votaron en ese entonces por doña Violeta Chamorro, y últimamente por Arnoldo Alemán, pero no por Daniel Ortega. Aquella vez los ojos de Daniel se nublaron por la derrota. Al día siguiente de conocerse los resultados, hubieras escuchado su voz entrecortada en su último mensaje a los compas nicaragüenses.
Se te hubiera despedazado el corazón de mirar caer las estatuas de Lenin en Petrogrado en el 91.
¿Qué hubieras pensado si alguien te hubiera contado que las estatuas del creador del partido bolchevique, el gran Ulinanov, ahora sólo tienen cabida en el museo del país pionero del capitalismo: Inglaterra. Los bustos de Lenin y sus libros son reliquias que hoy caben en todos lados, menos en la Rusia ex-soviética.
Seguro que hubieras mantenido la serenidad de siempre, del mismo modo cuando viste caer a tus hombres frente a los esbirros del General Barrientos. Sabías que ese combate del ocho de octubre sería decisivo para tus sueños. Y lo enfrentaste sin pedir cuartel. Con tu captura y tu posterior asesinato, se cerró apenas el capítulo de la historia que deben recorrer los hombres que aspiran a la libertad de América Latina. ¿Qué podías haber pensado, o mejor, qué consejos ofrecerías en estos momentos, cuando la revolución cubana se encuentra acorralada, con un acose cotidiano y firme por parte del Imperialismo?
Fidel es acusado de dictador. En la mente de muchos intelectuales, el parangón no tiene límites. La burra es burra porque presenta cuatro patas, aunque su rostro y su génesis tengan otra historia. Pocos somos ahora, Che, quienes pensamos que a la historia se le debe entender en su concatenación, en su dinámica contradictoria. Que nada deviene como un trazo horizontal vista por el ojo a la orilla de la playa. Y si la Física demostró que un disparo nunca viaja en línea recta, que conforma una parábola, lo mismo podría decirse de la historia de los pueblos y de los hombres. Los utópicos
conciben al Socialismo como resultado y no como proceso, por eso pensaron que para construirlo bastarían 82 años, cuando el capitalismo se gestó en siglos y siglos. Acostumbrados a solazarse con las apariencias de los fenómenos, relegan a segundo plano la búsqueda de lo esencial, que por fuerza necesaria es contradictoria. Es cierto, no debemos negarlo. Contigo y con Lenin, la historia fue conceptualizada más allá de las propias fuerzas. Lenin, en agosto de 1917 pensó que la revolución estaba tocando las puertas de Europa. El fracaso de la revolución alemana entre otros casos, le hizo ver que no era posible concretar tal idea. Debido a ello,debió enfrentarse con su legión de bolcheviques a la construcción de un socialismo acorralado por todos los países europeos. Del mismo modo como la Revolución Francesa de 1789 lo estuvo con la Santa Alianza. La paz sin indemnizaciones ni anexiones proyectada por Trosky tuvo que convertirse en una paz vergonzosa, pues en 1918 debió cederse el botín exigido por Alemania. ¿De qué otro modo pudo haberse logrado en medio de los descalabros de una guerra colonialista? Esas condiciones condujeron a pensar al nuevo estado soviético que se podría construir el Socialismo en un solo país. De igual forma, Che, para 1965 te diste cuenta de la necesidad de fraguar un movimiento revolucionario de carácter continental. Había prendido en ti la idea bolivariana de la gran América. Así, un día, sin decirle adiós a nadie, partiste de Cuba hacia el encuentro contigo mismo. A dejar claro el ejemplo del hombre que ama a la revolución y se entrega apasionadamente. En eso -es innegable- seguías el espíritu de Lenin. Este soldado bolchevique -dijeron quienes lo conocieron- se pasaba día y noche pensando en la revolución. Tú no podías quedarte lejos. Cumpliste al pie de la letra aquel aforismo marxista de que la terrenalidad de un pensamiento solo puede comprobarse en la práctica. Y de un revolucionario consecuente como tú, no podría esperarse menos. Por eso, a 32 años de tu muerte, con el peor de los embates que hoy sufre la revolución cubana, pienso en la fuerza moral que ofrecerías a los pueblos del mundo y a Fidel, en este derrumbe que la realidad ocasiona frente a los esquemas conceptuales. La historia nos desborda. Y sin embargo, Che, sigo pensando que tu vereda no fue en vano. Tu estrategia quedó sembrada, y no va a olvidarse hasta en tanto no existan condiciones para un tránsito pacífico en la construcción del hombre nuevo en que tú pensaste. Tampoco aquella idea que en una carta le enviaste a tus hijos: la de ser capaces de sentir en cualquier parte del mundo y en cualquier momento toda injusticia cometida. Esa -dijiste- es la cualidad más linda de un revolucionario. Eso y otras cosas no lo olvido. Y sé -como quizá alguna vez hubieras pensado- que pese a los vuelcos de la historia, la Revolución Cubana debe ser defendida. Ahora igual que siempre.
------------------------
Este artículo se escribió en 1999
