A PROPOSITO DE MEMORIAS DE MIS PUTAS TRISTES.
Samuel Pérez García.
En un artículo titulado Literatura y Pederastia, la periodista Lydia Cacho cuestiona si “los méritos de Gabriel García Márquez lo eximen junto a los productores de la responsabilidad moral al masificar un tema tan delicado como la trata de niños desde una perspectiva romántica.”
El artículo de la periodista fue escrito en razón de la cancelación a la producción de la película homónima al libro del Nobel de Literatura Memoria de mis putas tristes. Que -coincidencia aparte- fue prohibida por el gobernador Mario Marín del estado de Puebla, el mismo que ordenó apresar y trasladar hasta esa ciudad y estado a la periodista cuando ésta denunció a una red de pederastas que actuaban en Cancún, con Sucar Kuri a la cabeza, aunque también estuvo inmiscuido el textilero de origen libanés Kamel Nacif, y hasta el nombre de Miguel Ángel Yunes Linares Salió a relucir dentro de los potentados que gustaban de esos placeres. Ahora se quería rodar la película, pero manos misteriosas presionaron al gobernador para que cancelara el apoyo económico que se estaba dando a lo que ahora se pretende calificar como una apología de la pederastia.
Es bien cierto que la novela de Gabriel García Márquez trata de la historia de un anciano soltero, culto y periodista, amante de la música clásica y putañero en sus años mozos, quien decide celebrar su noventa aniversario con el placer de disfrutar a una virgen. Y para eso llama a la lenona Rosa Cabarcas para que se la consiga. Esta le dice que flores de esas ya no existen, pero que le hará la lucha para conseguirlo. El hombre está dispuesto a pagar todos sus ahorros con tal de darse ese gusto de onomástico. Finalmente, la niña es conseguida por la lenona, quien se la prepara al cliente, baño de por medio y adormecida con infusión de valeriana para que no sienta la hora del desenlace. Pero el anciano en lugar de proceder como tal vez hubiera procedido cualquiera, encuentra en ese cuerpo dormido otras sensaciones distintas. Por esas sensaciones singulares él no la toca ni la primera ni la segunda. Al contrario, gusta más en observar ese cuerpo menudo y desnudo, que en aprovecharse de ella, pese a que ya la había pagado. Y lo que había empezado como un simple deleite carnal, se transforma en pasión amorosa. El personaje cambia su propia visión y estereotipo del placer. Envuelto en esa contradicción conversa con una puta de su generación, y ésta le recomienda que amor de ese ya no existe y que lo más que puede hacer es disfrutarlo. Eso lo conduce a la conclusión de que –a su edad- no tiene porque andar con remilgos, más todavía cuando siente que lo que siente por la niña no es pasión carnal sino amor, ese que nunca sintió salvo aquella vez cuando estuvo por casarse con una adolescente, mucho menor que él, pero que por angas y por mangas, ella decidió posponer para siempre el enlace matrimonial. Por eso vuelve a insistir con la lenona para que se la vuelva a conseguir. Y esta cumple con su oficio de celestina mercenaria. Se la pone en el cuarto, pero ahora sin los vestidos pobretones de antes, sino llena de aretes y collares, con vestidos de lentejuelas tal y como las putas se visten y arreglan. Eso, en lugar de alegrar al anciano, lo enoja y rompe todo lo que esté al alcance de la mano, porque si bien aspiraba a una virgen, él no deseaba una puta.
A partir de ese hecho es que se da cuenta de su estado enamorado. El deseo se transforma en amor, la puntada carnal en inspiración amorosa, de cuya condición da cuenta en los textos que escribe en el diario donde labora, y por los cuales es reconocido en la ciudad.
A sus noventa años el personaje vive con el corazón desgarrado porque su Delgadina no está con él. Por eso la busca y la quiere. La recuerda y la vive en su imaginación que vibra de amor por ella. Vuelve de nuevo a buscarla, pero ahora sí parece ser la definitiva. De igual modo como las anteriores llega a la habitación de siempre, arreglada para una noche de amor y consigue lo que quería: sentir a la niña como parte suya. Pero la escena no se mira, y Gabriel García prefirió dejar que sea la imaginación del lector la que reconstruya los hechos.
Así, lo que había empezado como una acción de placer carnal, concluye con un acto de amor que lo reanima a vivir mucho más años de los que ya tenía. Sumido en ese estado amoroso, le propone a la lenona comprarle la casa, pero está evade la propuesta diciéndole que hagan una apuesta de viejos: el que quede vivo de los dos se queda con todo. El no acepta porque ahora dice que lo suyo es de Delgadina. La lenona responde que de igual modo, si ella sobrevive, al morir se lo dejará todo a la niña. Mientras tanto vale mejor acondicionar el cuarto para que él realice la dicha plena que siente por vivir.
Si bien la historia trata de la relación establecida entre un anciano con gustos singulares, como eso de celebrar un cumpleaños acostándose con una virgen, no es este el centro de la historia, sino el amor que le nace de improviso frente a la criatura. Y esto si resulta –aunque Lidia Cacho dude de ello- verosímil, porque el personaje vivió siempre entre las putas y se acostumbró a tal grado al placer comprado, que era lógico, la única manera de conseguir el goce de una mujer era procediendo igual. Pues cuando vivió la oportunidad con otra niña y con la cual se iba a casar, sucedió que está la abandonó en el último instante, y ya no supo qué diferencia existía entre el placer que una puta proporciona con el de quien se entrega por amor. Lo que hace interesante y creíble la historia no es que de pronto a un anciano, (cualquiera que sea, y la virtud de Gabriel García Márquez es no haberle dado nombre al personaje al dejarlo en el anonimato, como anónimo quisieran ser todos aquellos que acuden a una casa de cita, sean jóvenes, adultos o ancianos) se le ocurra acostarse con una púber, sino crear el contexto en el cual sobresale la vida del anciano: desvirgado en su juventud por una puta, viviendo entre ellas toda su vida, era lógico que cuando encuentra a la niña semidormida, sean otras las sensaciones las que le nazcan, pero sobre todo encontradas. Acostumbrado a llegar a lo que iba, piernas abiertas y palo adentro, el personaje encontró en la niña un semillero de virtudes que su propia imaginación solitaria le genera en ese momento. Pero, además, el suceso de la compra carnal, permite saber que la lenona no actuaba sola, sino con el consentimiento de las autoridades locales y las del propio gobernador. Que a su burdel no solamente llegaban los jubilados como él, sino banqueros potentados que llegaban en busca del placer comprado. Es toda la atmósfera lo que hace creíble la historia y no meramente si un anciano puede enamorarse de una niña de trece, o sí esta puede o no corresponderle. Si la niña se enamora o no, es tangencial, porque lo real es que el anciano encuentra en esa relación con la niña, un imprevisto amor que nunca habría imaginado si no se le ocurre proceder así en su cumpleaños.
Por eso la pregunta que Lidia Cacho se plantea de si ¿se puede eximir a Gabriel García Márquez de esta apología de la pederastia? De entrada, no me parece una pregunta pertinente, ni cabe tampoco para el director de cine hacerlo cómplice de una apología pederástica.
Trataré de ofrecer una respuesta desde varios frentes.
Uno: arte y moral no necesariamente están desvinculadas, se unen, pero también se separan. Pero no es el escritor o artista quien se encarga de pensar qué es lo que los une, y qué los separa. Cuando el artista interviene para elaborar una obra de arte, sea texto, pintura, escultura, música o poesía, no piensa en las consecuencias morales que conlleva su obra, pues ese no es su sentido ni propósito. Lo que pretende es crear una obra que pueda sostenerse por sí misma, sino pretexto de ninguna clase, sea moral o de ideología diversa: que lo haya hecho tal escritor, que presente buenas costumbres, que no deñe a terceros, etcétera. El artista no piensa en esto cuando produce. Quiere solamente expresar un sentimiento, un punto de vista sobre la naturaleza humana, sea este del orden que sea: moral, político, educativo, estético.
Dos: si esto conlleva una consecuencia moral es en lo que menos piensa el artista. Lo extraestético nunca es su punto de partida. Aquí la palabra clave es deleitar a través de una situación de vida interesante, y lo es si es humano, aún cuando muestre lo irreconocible. Más aún, lo es precisamente por eso. Porque la razón humana tiende a esconderse frente a la moral dominante, pero es el arte quien se atreve a dar cuenta de ello. Frente a lo racional del mundo, el arte escarba y reproduce lo que la ciencia no nos puede ofrecer con todo y sus recursos. Por eso la historia de Gabriel García Márquez se salva de ese juicio moral que pretende endilgarle Lidia Cacho y el grupo de moralistas que la siguen. No es la obra de arte una denuncia ni un señalamiento policiaco sobre el uso inmoral que los hombres realizan con los niños a quienes compran y venden para enriquecer su bolsillo o para disfrutar en un momento de su conciencia extraviada. Gabriel no escribió una denuncia, partió de una situación real: la compra de menores para satisfacer el placer de los posibles compradores cuya cartera está siempre llena, y aunque el anciano no es un potentado, puede desprederse del hecho, que este recurso antiguo de usar al cuerpo como placer sigue perenne entra muchas costumbres humanas.
Pero eso es solamente la atmósfera en que se desenvuelve el suceso. Lo que quiso –sin querer queriéndole- es mostrar lo insondable del corazón del hombre y los pensamientos encontrados que le surgen cuando se encuentra frente a un hecho crucial de su vida: tener noventa años y saber que el día de mañana puede ser el último. Y en virtud de la cultura y el medio que rodeó su vida –putañero irredento, pero culto- juega a celebrar su onomástico con el desvirgamiento que nunca había hecho y que ahora cree que es el único placer que le falta conseguir para morir. Pero he ahí que la vida le juega una mala pasada. En lugar de resolver el problema se embroca en otro más peligroso: enamorarse de quien a leguas contrasta con lo que su vida lleva de recorrido. Pero aún así, él sabe que no es fácil vivir noventa años, movido por las leguas de amor que le produce la niña, se atreve a soñar que eso es lo más maravilloso que puede haberle ocurrido desde que una adolescente, Ximena Ortiz, lo había dejado vestido y alborotado en la víspera del casamiento. Por eso Memoria de mis putas tristes es una obra que deleita no en términos de la vida real al observar como las niñas se prostituyen, sino en términos de la historia de amor que el escritor crea entre un anciano putañero y una niña que le cambia la vida y lo hace revivir del tedio de sus noventa años.
Tres: pero si queremos ver moros con tranchete en la historia, sea escrita o filmada, también se puede. Pero entonces ya no estamos en el terreno del arte, sino en el de la teoría moral. Pero de esto que se ocupen los filósofos o los policías que vigilan a quienes violan las leyes y quienes no. Supongo que el Director que filmaría la película no haría una película sobre las tratantes de blanca y sus nexos con las autoridades locales, estatales y federales, ese sería quizá el contexto de la cinta, sino el problema de amor que descubre el anciano al intentar autocomplacerse con una niña a quien pidió telefónicamente a su lenona íntima. Decir que el libro es una apología en pequeño y la cinta una macroapología, por lo cual será mal ejemplo para niñas o ancianos irredentos es exagerar la interpretación del texto y prejuiciarse antes de ver la cinta. Se tratan de juicios apresurados que resultan innecesarios si lo que en la mente del cineasta es un proyecto artístico y no una película porno.
¿Pero acaso debe embellecerse la pederastia? No creo que Gabriel García Márquez se haya planteado esa disyuntiva a la hora de escribir. Ningún escritor se lo plantea. Ni siquiera Sade cuando escribió sus obras que son crudamente eróticas. Menos lo hizo Sofocles cuando escribió Edipo Rey, donde Edipo mata a su padre y se acuesta con su madre. Escritores como estos –reitero -solamente dejan constancia de lo insondable del alma humana, y que la vida cambia de un momento a otro de modo inesperado. El putañero irredento consigue el amor de su vida por lazos que ni siquiera imaginaba, ni siquiera el propio escritor, pues una cosa es escribir sobre un plan preconcebido y otra cuando estás encarrerado en darle concreción a las ideas que van surgiendo con la rapidez como procede el pensamiento. Si eso tiene consecuencias morales o no es algo que ni siquiera sabríamos salvo cuando la vida misma te presenta su propio avasallamiento. Lo que el hombre quiere y lo que su voluntad exige parece no encontrar es el punto de unión que los reconcilie, pues la vida tiene más de contradictoria que de línea recta. La obra de García Márquez ni es apología ni conlleva por propia naturaleza una consecuencia negativa. Lo es para quienes quieren verlo así. Pero sí lo hacen no es gratuito. Lo es por el marco cultural que asumen y y los determina. O como dice el autor pero en boca de Rosa Cabarcas: “La moral es asunto de tiempo,…ya lo verás”. Por eso Lidia Cacho, si bien tuvo y tiene mucha razón cuando denunció la red de pederastas de Cancún, no lo tiene ahora cuando confunde la realidad con el arte. Y con ello no hace más que caer en aquel viejo realismo que exigía que el arte fuera un espejo que reflejara lo ideológico. Es decir, meter en la novela a personajes con ideologías de cartabón para que consiguiera en el lector un fin didáctico, político y moral. De esas acechanzas creía que ya estábamos curado, pero Lidia Cacho me lo ha puesto en la mesa y me dice, ingenuamente, que Memoria de mis putas tristes no puede ser filmada porque la consecuencia será masificar la trata de niñas y eso creará conciencias anómalas, pero así fuera, entonces, no hay que leer ni llevar al cine Edipo Rey, Electra, Cien años de soledad, En brazos de la mujer madura, o muchas otras obras que resultan similares como la obra del escritor colombiano, que ahora, como en los tiempos de la inquisición se puso en el índice de obras prohibidas para las buenas conciencias. ¿Será así de tan plana la visión de quienes censuraron y aplaudieron la censura que aplicaron con la cinta de la obra? Ver para creer.
Samuel Pérez García.
En un artículo titulado Literatura y Pederastia, la periodista Lydia Cacho cuestiona si “los méritos de Gabriel García Márquez lo eximen junto a los productores de la responsabilidad moral al masificar un tema tan delicado como la trata de niños desde una perspectiva romántica.”
El artículo de la periodista fue escrito en razón de la cancelación a la producción de la película homónima al libro del Nobel de Literatura Memoria de mis putas tristes. Que -coincidencia aparte- fue prohibida por el gobernador Mario Marín del estado de Puebla, el mismo que ordenó apresar y trasladar hasta esa ciudad y estado a la periodista cuando ésta denunció a una red de pederastas que actuaban en Cancún, con Sucar Kuri a la cabeza, aunque también estuvo inmiscuido el textilero de origen libanés Kamel Nacif, y hasta el nombre de Miguel Ángel Yunes Linares Salió a relucir dentro de los potentados que gustaban de esos placeres. Ahora se quería rodar la película, pero manos misteriosas presionaron al gobernador para que cancelara el apoyo económico que se estaba dando a lo que ahora se pretende calificar como una apología de la pederastia.
Es bien cierto que la novela de Gabriel García Márquez trata de la historia de un anciano soltero, culto y periodista, amante de la música clásica y putañero en sus años mozos, quien decide celebrar su noventa aniversario con el placer de disfrutar a una virgen. Y para eso llama a la lenona Rosa Cabarcas para que se la consiga. Esta le dice que flores de esas ya no existen, pero que le hará la lucha para conseguirlo. El hombre está dispuesto a pagar todos sus ahorros con tal de darse ese gusto de onomástico. Finalmente, la niña es conseguida por la lenona, quien se la prepara al cliente, baño de por medio y adormecida con infusión de valeriana para que no sienta la hora del desenlace. Pero el anciano en lugar de proceder como tal vez hubiera procedido cualquiera, encuentra en ese cuerpo dormido otras sensaciones distintas. Por esas sensaciones singulares él no la toca ni la primera ni la segunda. Al contrario, gusta más en observar ese cuerpo menudo y desnudo, que en aprovecharse de ella, pese a que ya la había pagado. Y lo que había empezado como un simple deleite carnal, se transforma en pasión amorosa. El personaje cambia su propia visión y estereotipo del placer. Envuelto en esa contradicción conversa con una puta de su generación, y ésta le recomienda que amor de ese ya no existe y que lo más que puede hacer es disfrutarlo. Eso lo conduce a la conclusión de que –a su edad- no tiene porque andar con remilgos, más todavía cuando siente que lo que siente por la niña no es pasión carnal sino amor, ese que nunca sintió salvo aquella vez cuando estuvo por casarse con una adolescente, mucho menor que él, pero que por angas y por mangas, ella decidió posponer para siempre el enlace matrimonial. Por eso vuelve a insistir con la lenona para que se la vuelva a conseguir. Y esta cumple con su oficio de celestina mercenaria. Se la pone en el cuarto, pero ahora sin los vestidos pobretones de antes, sino llena de aretes y collares, con vestidos de lentejuelas tal y como las putas se visten y arreglan. Eso, en lugar de alegrar al anciano, lo enoja y rompe todo lo que esté al alcance de la mano, porque si bien aspiraba a una virgen, él no deseaba una puta.
A partir de ese hecho es que se da cuenta de su estado enamorado. El deseo se transforma en amor, la puntada carnal en inspiración amorosa, de cuya condición da cuenta en los textos que escribe en el diario donde labora, y por los cuales es reconocido en la ciudad.
A sus noventa años el personaje vive con el corazón desgarrado porque su Delgadina no está con él. Por eso la busca y la quiere. La recuerda y la vive en su imaginación que vibra de amor por ella. Vuelve de nuevo a buscarla, pero ahora sí parece ser la definitiva. De igual modo como las anteriores llega a la habitación de siempre, arreglada para una noche de amor y consigue lo que quería: sentir a la niña como parte suya. Pero la escena no se mira, y Gabriel García prefirió dejar que sea la imaginación del lector la que reconstruya los hechos.
Así, lo que había empezado como una acción de placer carnal, concluye con un acto de amor que lo reanima a vivir mucho más años de los que ya tenía. Sumido en ese estado amoroso, le propone a la lenona comprarle la casa, pero está evade la propuesta diciéndole que hagan una apuesta de viejos: el que quede vivo de los dos se queda con todo. El no acepta porque ahora dice que lo suyo es de Delgadina. La lenona responde que de igual modo, si ella sobrevive, al morir se lo dejará todo a la niña. Mientras tanto vale mejor acondicionar el cuarto para que él realice la dicha plena que siente por vivir.
Si bien la historia trata de la relación establecida entre un anciano con gustos singulares, como eso de celebrar un cumpleaños acostándose con una virgen, no es este el centro de la historia, sino el amor que le nace de improviso frente a la criatura. Y esto si resulta –aunque Lidia Cacho dude de ello- verosímil, porque el personaje vivió siempre entre las putas y se acostumbró a tal grado al placer comprado, que era lógico, la única manera de conseguir el goce de una mujer era procediendo igual. Pues cuando vivió la oportunidad con otra niña y con la cual se iba a casar, sucedió que está la abandonó en el último instante, y ya no supo qué diferencia existía entre el placer que una puta proporciona con el de quien se entrega por amor. Lo que hace interesante y creíble la historia no es que de pronto a un anciano, (cualquiera que sea, y la virtud de Gabriel García Márquez es no haberle dado nombre al personaje al dejarlo en el anonimato, como anónimo quisieran ser todos aquellos que acuden a una casa de cita, sean jóvenes, adultos o ancianos) se le ocurra acostarse con una púber, sino crear el contexto en el cual sobresale la vida del anciano: desvirgado en su juventud por una puta, viviendo entre ellas toda su vida, era lógico que cuando encuentra a la niña semidormida, sean otras las sensaciones las que le nazcan, pero sobre todo encontradas. Acostumbrado a llegar a lo que iba, piernas abiertas y palo adentro, el personaje encontró en la niña un semillero de virtudes que su propia imaginación solitaria le genera en ese momento. Pero, además, el suceso de la compra carnal, permite saber que la lenona no actuaba sola, sino con el consentimiento de las autoridades locales y las del propio gobernador. Que a su burdel no solamente llegaban los jubilados como él, sino banqueros potentados que llegaban en busca del placer comprado. Es toda la atmósfera lo que hace creíble la historia y no meramente si un anciano puede enamorarse de una niña de trece, o sí esta puede o no corresponderle. Si la niña se enamora o no, es tangencial, porque lo real es que el anciano encuentra en esa relación con la niña, un imprevisto amor que nunca habría imaginado si no se le ocurre proceder así en su cumpleaños.
Por eso la pregunta que Lidia Cacho se plantea de si ¿se puede eximir a Gabriel García Márquez de esta apología de la pederastia? De entrada, no me parece una pregunta pertinente, ni cabe tampoco para el director de cine hacerlo cómplice de una apología pederástica.
Trataré de ofrecer una respuesta desde varios frentes.
Uno: arte y moral no necesariamente están desvinculadas, se unen, pero también se separan. Pero no es el escritor o artista quien se encarga de pensar qué es lo que los une, y qué los separa. Cuando el artista interviene para elaborar una obra de arte, sea texto, pintura, escultura, música o poesía, no piensa en las consecuencias morales que conlleva su obra, pues ese no es su sentido ni propósito. Lo que pretende es crear una obra que pueda sostenerse por sí misma, sino pretexto de ninguna clase, sea moral o de ideología diversa: que lo haya hecho tal escritor, que presente buenas costumbres, que no deñe a terceros, etcétera. El artista no piensa en esto cuando produce. Quiere solamente expresar un sentimiento, un punto de vista sobre la naturaleza humana, sea este del orden que sea: moral, político, educativo, estético.
Dos: si esto conlleva una consecuencia moral es en lo que menos piensa el artista. Lo extraestético nunca es su punto de partida. Aquí la palabra clave es deleitar a través de una situación de vida interesante, y lo es si es humano, aún cuando muestre lo irreconocible. Más aún, lo es precisamente por eso. Porque la razón humana tiende a esconderse frente a la moral dominante, pero es el arte quien se atreve a dar cuenta de ello. Frente a lo racional del mundo, el arte escarba y reproduce lo que la ciencia no nos puede ofrecer con todo y sus recursos. Por eso la historia de Gabriel García Márquez se salva de ese juicio moral que pretende endilgarle Lidia Cacho y el grupo de moralistas que la siguen. No es la obra de arte una denuncia ni un señalamiento policiaco sobre el uso inmoral que los hombres realizan con los niños a quienes compran y venden para enriquecer su bolsillo o para disfrutar en un momento de su conciencia extraviada. Gabriel no escribió una denuncia, partió de una situación real: la compra de menores para satisfacer el placer de los posibles compradores cuya cartera está siempre llena, y aunque el anciano no es un potentado, puede desprederse del hecho, que este recurso antiguo de usar al cuerpo como placer sigue perenne entra muchas costumbres humanas.
Pero eso es solamente la atmósfera en que se desenvuelve el suceso. Lo que quiso –sin querer queriéndole- es mostrar lo insondable del corazón del hombre y los pensamientos encontrados que le surgen cuando se encuentra frente a un hecho crucial de su vida: tener noventa años y saber que el día de mañana puede ser el último. Y en virtud de la cultura y el medio que rodeó su vida –putañero irredento, pero culto- juega a celebrar su onomástico con el desvirgamiento que nunca había hecho y que ahora cree que es el único placer que le falta conseguir para morir. Pero he ahí que la vida le juega una mala pasada. En lugar de resolver el problema se embroca en otro más peligroso: enamorarse de quien a leguas contrasta con lo que su vida lleva de recorrido. Pero aún así, él sabe que no es fácil vivir noventa años, movido por las leguas de amor que le produce la niña, se atreve a soñar que eso es lo más maravilloso que puede haberle ocurrido desde que una adolescente, Ximena Ortiz, lo había dejado vestido y alborotado en la víspera del casamiento. Por eso Memoria de mis putas tristes es una obra que deleita no en términos de la vida real al observar como las niñas se prostituyen, sino en términos de la historia de amor que el escritor crea entre un anciano putañero y una niña que le cambia la vida y lo hace revivir del tedio de sus noventa años.
Tres: pero si queremos ver moros con tranchete en la historia, sea escrita o filmada, también se puede. Pero entonces ya no estamos en el terreno del arte, sino en el de la teoría moral. Pero de esto que se ocupen los filósofos o los policías que vigilan a quienes violan las leyes y quienes no. Supongo que el Director que filmaría la película no haría una película sobre las tratantes de blanca y sus nexos con las autoridades locales, estatales y federales, ese sería quizá el contexto de la cinta, sino el problema de amor que descubre el anciano al intentar autocomplacerse con una niña a quien pidió telefónicamente a su lenona íntima. Decir que el libro es una apología en pequeño y la cinta una macroapología, por lo cual será mal ejemplo para niñas o ancianos irredentos es exagerar la interpretación del texto y prejuiciarse antes de ver la cinta. Se tratan de juicios apresurados que resultan innecesarios si lo que en la mente del cineasta es un proyecto artístico y no una película porno.
¿Pero acaso debe embellecerse la pederastia? No creo que Gabriel García Márquez se haya planteado esa disyuntiva a la hora de escribir. Ningún escritor se lo plantea. Ni siquiera Sade cuando escribió sus obras que son crudamente eróticas. Menos lo hizo Sofocles cuando escribió Edipo Rey, donde Edipo mata a su padre y se acuesta con su madre. Escritores como estos –reitero -solamente dejan constancia de lo insondable del alma humana, y que la vida cambia de un momento a otro de modo inesperado. El putañero irredento consigue el amor de su vida por lazos que ni siquiera imaginaba, ni siquiera el propio escritor, pues una cosa es escribir sobre un plan preconcebido y otra cuando estás encarrerado en darle concreción a las ideas que van surgiendo con la rapidez como procede el pensamiento. Si eso tiene consecuencias morales o no es algo que ni siquiera sabríamos salvo cuando la vida misma te presenta su propio avasallamiento. Lo que el hombre quiere y lo que su voluntad exige parece no encontrar es el punto de unión que los reconcilie, pues la vida tiene más de contradictoria que de línea recta. La obra de García Márquez ni es apología ni conlleva por propia naturaleza una consecuencia negativa. Lo es para quienes quieren verlo así. Pero sí lo hacen no es gratuito. Lo es por el marco cultural que asumen y y los determina. O como dice el autor pero en boca de Rosa Cabarcas: “La moral es asunto de tiempo,…ya lo verás”. Por eso Lidia Cacho, si bien tuvo y tiene mucha razón cuando denunció la red de pederastas de Cancún, no lo tiene ahora cuando confunde la realidad con el arte. Y con ello no hace más que caer en aquel viejo realismo que exigía que el arte fuera un espejo que reflejara lo ideológico. Es decir, meter en la novela a personajes con ideologías de cartabón para que consiguiera en el lector un fin didáctico, político y moral. De esas acechanzas creía que ya estábamos curado, pero Lidia Cacho me lo ha puesto en la mesa y me dice, ingenuamente, que Memoria de mis putas tristes no puede ser filmada porque la consecuencia será masificar la trata de niñas y eso creará conciencias anómalas, pero así fuera, entonces, no hay que leer ni llevar al cine Edipo Rey, Electra, Cien años de soledad, En brazos de la mujer madura, o muchas otras obras que resultan similares como la obra del escritor colombiano, que ahora, como en los tiempos de la inquisición se puso en el índice de obras prohibidas para las buenas conciencias. ¿Será así de tan plana la visión de quienes censuraron y aplaudieron la censura que aplicaron con la cinta de la obra? Ver para creer.
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