miércoles, 24 de marzo de 2010



Relatos de Samuel Pérez García




Esther Mandujano García






De todas las mujeres (Ediciones Cultura de VeracruZ, 2010), me hizo recordar las grandes heroínas del amor romántico. Mujeres maravillosas que vivieron con intensidad la extraordinaria experiencia del amor. De distintas maneras, de acuerdo con su historia personal, con su contexto, con su libido y su temperamento, con el color de su pasión. Todas ellas entregadas al amor para purificar sus vidas, aún a costa de la vida, pagando los altos precios con que las sociedades misóginas han condenan la honestidad del alma, el valor de vivir en el alto precepto, de respetar las elecciones del alma.
Me hizo recordar a Madame Bovary, enamorada del amor que volátil nunca pudo tener entre las manos, me recordó a Ana Karenina lanzándose a los rieles de un tren, vestida de negro, enlutada por el gran amor que en una sociedad prejuiciosa e hipócrita, nunca se pudo realizar. Me recordó a Lara esperando en medio de la nieve, el frío y la soledad, el cálido abrazo de Zhivago, unos minutos quizá, unos instantes por los que vale la pena vivir una odisea de dolor y amargura; me recordó a la bella Tatiana rechazando el amor moribundo de Oneguin, en consecuencia del juramento que ella le hizo cuando él no la amaba todavía, de que jamás traicionaría su palabra de lealtad ni siquiera por amor. De Catherine de Cumbres borrascosas, de Marie Duplessis, La dama de las Camelias, de Clara Trueba de La casa de los espíritus, y de tantas mujeres extraordinarias que en su práctica del amor o en su búsqueda, son capaces de los hechos más bellos, poéticos y extraordinarios.
En una primera hojeada, De todas las mujeres pudiera pensarse que es un conjunto de historias breves sobre las conquistas amorosas de Milingo, el personaje central masculino, o más aun, habrá quien pudiese creer que De todas las mujeres es una compilación poéticas de las experiencias y recuerdos amorosos del autor. Pero no. Va mucho más allá.
Una pluma sensible y profundamente emotiva que excava en el alma de sus personajes; Una pluma que pretende deshojar los pétalos del alma femenina para encontrar su esencia. Lo que siente, lo que piensa, lo que hace vibrar su carne en el momento exacto del amor, cuando su alma y su piel tiemblan conectadas al cosmos y ya no hay pensamiento, ni sensatez, ni dolor ni alegría, simplemente la magia de existir, vibrantes con el poder de la creación, de lo eterno. No es en vano que sólo en este instante podamos multiplicarnos, duplicar nuestra fe. El amor nos redime, nos purifica, nos descubre.
Una pluma inteligente, que conoce el oficio de escribir, que es capaz de expresar lo que piensa. Llevarnos y traernos por las emociones mas insanas, como Virgilio en el infierno, que nos muestra sin miramientos, la pasión, el odio, los celos, la autocompasión, la codependencia, la depresión, la violencia, y nos la planta en frente sin misericordia, desnuda, horrorosa tal y como son esos sentimientos que nos acompañan, y que en un país como el nuestro, se multiplican, nos invaden por todos los costados y pretenden ser parte de nuestra cotidianidad, y lo son. El autor nos los muestra, escritor de su tiempo, para que no sigamos fingiendo la ceguera; y no dudo que al leer sus historias haya quien se diga así mismo, en acto puro de negación sicológica, que esas historias son las historias de los otros.
Una pluma culta, que conoce y ha leído a grandes escritores latinoamericanos y de otros continentes, que se ha nutrido y ha educado su sensibilidad poética en grandes maestros, que ha dirigido su vocación valiente hacia un oficio que no da de comer al cuerpo, que de sobra da al alma, a la conciencia de hombre, al compromiso de ser testigo de su tiempo, de dejar plasmada la historia común, en sus textos.
Nuestra realidad femenina no ha cambiado mucho desde mediados del XIX cuando Flaubert escribe Madame Bovary, o unos años más tarde Tolstoi escribe Ana Karenina, y aunque la violencia ha radicalizado su expresión, y en los países fallidos como el nuestro, se ha involucrado en todos los ámbitos de nuestras vidas, resulta decepcionante que las mujeres no hayamos logrado escalar en tantos años, suficientes peldaños para alcanzar la liberación de nuestro espíritu; que perduren sentimientos de frustración profesional, y en muchos casos no nos atrevamos a amar con valentía o a rechazar las relaciones que nos dañan. Desde el siglo XIX, hombres sensibles y generosos expusieron parte de nuestro dolor existencial.
De todas las mujeres, me atrapó desde su primera historia, Antonia; historia veloz, apasionada, breve. Describe un triángulo amoroso que desencadena en tragedia. El paisaje huracanado del puerto subraya la huracanada pasión de Milingo. La posibilidad de ver truncado el oasis de su amor…” Le gustaba oír su voz. Mirarse en los ojos negros, acariciarle el pelo negro y dormido que caía sobre los hombros desnudos…” (p.9), Milingo y su incapacidad de aceptar la decisión de Antonia de terminar su relación. Milingo egoísta, egocéntrico, de una inmadurez emocional que lo lleva a convertirse en un criminal, no le da oportunidad a Antonia de decidir que hacer con sus sentimientos, con su cuerpo, con su vida. Milingo, la toma al final, para aniquilarla. Y escuda su sentimiento de abandono “… - Así que me dejas “ (p.2) y justifica su incapacidad de amarla, porque sólo se ama a sí mismo y por eso no perdona que lo dejen, se justifica con un amor asesino. El texto termina poéticamente y con añoranza, añoranza que no tuvo Antonia oportunidad de sentir: ” …El viento y la lluvia tenían el color de la tristeza esa tarde, cuando se puso a contar lo que había pasado con su amor más importante, su Antonia de todos los días como siempre la llamó, la misma por quien escribe el diario interminable” (p.13) . Silvia, describe Samuel: “… Era una mujer Otoñal, en un puerto de mar limpio y tranquilo; playero y arenoso, chiquito y redondo, donde los viejos habitantes sacaban su sillón de mimbre, y se sentaban a las puertas de sus casas a refrescarse con la brisa de la tarde…” (p. 15). Aquí me detengo, para comentar uno de los aspectos más destacados de la prosa de Samuel. Además de poéticos y nostálgicos, sus textos son referencias históricas que nos describen en ocasiones a un Coatzacoalcos, que se fue, que no es el mismo y del que quienes lo vivimos y recordamos con nostalgia, guardamos el recuerdo. Nos describe calles, ambientes, paisajes, hitos, de tal modo, que nos revive un entorno del puerto arenoso y provinciano como marco perfecto a sus historias.
Silvia, voluptuosa, hermosa, femenina, erótica, despierta en Milingo adolescente la primera pasión, puramente carnal. El deseo sensual de tocarla, de perderse en sus carnes en el deseo de poseerla” …Desde esa lejana tarde Silvia me atrajo por su manera de mover la nalgas, que era como una señal para apretarlas con las manos, de igual modo sucedía con los jugosos pechos que exhibía entre mirones impunes. Para acá y para allá bamboleaba su cuerpo, y ella sabía que así vibraban las fibras escondidas de quien las viera…” (p. 16).
Sin embargo, además del deseo de Milingo expuesto en esta historia, Silvia, mujer, lleva a cuestas el enorme dolor de la traición y el inagotable deseo de la venganza “… Silvia se acostaba con el muchacho que le gustaba, ese era su vicio desde que el marido la había abandonado por una sirvienta…” “… -Es el gusto de ella que así se venga del marido.- me contaba Pilar y a mí en cada palabra suya algo se me iba rompiendo en pedacitos, sin posibilidad alguna de recomponerse algún día…” (p. 26). Silvia murió de cáncer en el pecho, paradójicamente, pechos que otrora exhibía orgullosa entre mirones impunes, murió pronunciando el nombre de un muchacho que entre muchos fue su amor furtivo. Oculto. Su Amor imposible.
La Lupe, Naranja dulce y la mala fortuna de su amor; Marysombra marcada por la tragedia, el dolor, la violencia. El amor y el dolor son una misma expresión para ella, van juntas, amalgamadas. Así creció, así fue llenando su disco duro hasta que como y tú y como yo, sólo actuamos por la programación de nuestra historia personal, de nuestra historia familiar, de nuestra historia social. Somos sólo eso, un reflejo, un holograma, una programación. Cuando decimos es mi vida y hago con ella lo que quiero. ¿Hasta dónde, incluso la rebeldía estaba programada? Marysombra duele, porque el dolor es parte de su programación, desde que aprendió a mirar, miró el deseo revuelto con la sangre, con el dolor, con los celos y hasta con el amor. No distingue. No sabe las fronteras entre los sentimientos. ¡Ay Mary sombra¡, cuántas veces te veo multiplicada en los rostros de cientos de mujeres, que creen que el sufrimiento es un predestino. El dolor las baña todos los días sin redimirlas; el maltrato, el olvido cada día las inmoviliza. Mary sombra. Orfilia y su destino de muerte prematura, Gabriela, gamberra, prostituta, meretriz, ramera. Rosaura del ángel y su amor prohibido. Yolanda y el tedio de su vida y de su amor, Mariel y por último Valeria y su triste historia de suripanta marcada por el abuso del padre desde niña. ”… De que otro modo, digo, Valeria, que la mejor puta fuiste tú…” (p. 91).
Doce historias de mujeres. No son los amoríos de Milingo, ni las tragedias de sus vidas, son los pedazos de historias que conforman la sociedad en que vivimos, los trocitos de vida que nos conforman como individuos, familias, y sociedad. No faltará quien se asuste, quien finja asombro, quien niegue que éste es el entorno real y palpable al que pertenecemos. El poeta, el escritor, nos pone el espejo ante los ojos, con una narrativa, vivaz, inteligente, bella, coloquial y poética, para que no finjamos demencia y como decía el amigo de un amigo cuando sacaba su retórica a dominguear: “No finjamos demencia y absoluta cretinez”. Estas historias son nuestras porque recrean nuestro amado Coatzacoalcos de una forma tan bella y tan poética; gracias por exponer la historia de tantas mujeres, de su dolor, su frustración y su tristeza a través de los amores de Milingo, como lo hicieron hombres sensibles y valientes desde el realismo del siglo XIX, H.D. Lawrence, León Tolstoi, Aleksandr Pushkin, Alejandro Dumas, y otros más. Libro excelente que refleja verdades de una sociedad que languidece en sus valores y me pregunto: ¿Qué esperamos para cambiar a la balanza de los buenos augurios, de la felicidad, del amor productivo, del respeto y de la realización? 􀀉

lunes, 8 de marzo de 2010

DE TODAS LAS MUJERES
José Luis Ortega Vidal.

Llegué al Sur el verano de 1990.
Tomé un taxi en la central camionera de Acayucan y seguí las instrucciones.
“Pide que te lleven con don Germán Rodríguez Filigrana”, me dijeron…
Eso hice y tal como me habían dicho fue como indicar una dirección precisa, pública, muy fácil de ubicar.
A los pocos minutos dialogaba con un hombre de pelo crespo y muy negro, vestido con un coordinado blanco. Un poco robusto y de evidente ascendencia árabe.
Era radiólogo, despachaba en el centro de la ciudad y amaba profundamente la cultura.
Durante los días subsiguientes platicamos sobre diversos temas: la casa de cultura de Acayucan, que era una especie de hijo putativo de don Germán, fue el asunto principal.
Un día me habló de su Taller de Literatura.
“Lo da un filósofo, se llama Samuel Pérez García pero usa un pseudónimo: se hace llamar Manuel Alvarez Boada”, me contó.
Samuel es poeta, historiador, narrador, maestro y además, cuando se echa unos tragos, de pronto le da por correr… Corre, corre mucho, nomás lo observo, pienso que es porque tiene mucha energía…
Eso me platicó –siempre sonriente- aquel hombre que con los años llegué a querer mucho y que hoy extraño.
Hoy, también pienso que la vida vale lo que pesa en viento.
Recuerdo a don Germán Rodríguez Filigrana y lo evoco como uno de esos seres extraños que además de creer en la vida, asumía la misión de volverla mejor a través de la cultura.
Don Germán siempre supo algo que yo descubrí con los años:
Samuel Pérez García es un hombre de oficio vientero.
Crea versos, crea palabras que son alientos, que son vientos; los arroja por los confines y luego los pone en manos de la gente.
A través de la poesía y la narrativa podemos acceder a la báscula de nuestro propio peso y el autor del libro de cuentos “De Todas las Mujeres” nos facilita el acceso al retrato de lo que somos, de quienes somos, de lo que hemos sido y de lo que, inevitablemente, seremos.
“De Todas las Mujeres” es una obra que puebla el largo camino de la literatura propia, trazado por Samuel Pérez García.
Ensayo, poesía, relato, discurso, el autor también abraza una relación directa con el cuento breve.
“De Todas las Mujeres” es un libro conformado por doce cuentos pequeños.
Milingo, un personaje constante en la obra, es un narrador-narratario de muchos rostros.
La temática del viejo Puerto México no sólo aparece en la biografía de Samuel Pérez García. Su obra también narra, puntual, los encuentros con este escenario y suele ofertar un retrato muy singular de una sociedad que ha evolucionado durante las últimas décadas para autodefinirse como un universo moderno y cosmopolita.
El Coatzacoalcos de hoy, el Puerto México del ayer, no pueden negar lo que son en su origen: un pequeño pueblo junto a la playa, en un sur de mucho calor tropical, pero sobre todo de un intenso calor humano.
Los doce cuentos “De Todas las Mujeres” vinculan sus inicios y concluyen en una sociedad que aparentemente se fue pero que, en sentido estricto, está entre nosotros.
Hay tal descripción de Milingo y de las muchas mujeres de su vida, que el autor logra exitosamente recordarnos que dicho personaje está aquí, plenamente vivo, entre nosotros, en el viejo Puerto México que devino Coatzacoalcos.
Trasladar una visión de esa naturaleza al terreno de la literatura es un logro notable que sólo se obtiene con el oficio que dan los años.
El ambiente, el lenguaje, los perfiles, los personajes y la credibilidad de las historias son recursos técnicos que se dominan con tiempo, talento y disciplina.
El autor de la obra “De Todas las Mujeres” reúne estos requisitos y los plasma en un libro de lectura obligada para observar al Puerto México que Coatzacoalcos lleva dentro y que las nuevas generaciones deben conocer, para reconocerse a sí mismas en el aspecto que esta obra aborda: el rostro del amor y su contraparte dialéctica: el dolor.
Dos cuentos de la colección que nos ocupa son, para mi gusto, los más completos: “Marysombra” y “Yolanda”.
Son los más genuinos, los más profundos, los mejor logrados y verosímiles.
El autor intenta evitar las salidas fáciles y en ocasiones no lo logra.
Y estos dos cuentos, sin duda, cruzaron la meta.
La obra, en general, asemeja una buena creación musical.
Inicia con una presentación discreta pero luego crece, crece, crece sin detenerse más.
Salvo al final.
La narración conduce al lector al éxtasis y luego, de pronto, lo arroja a cierta insatisfacción.
Eso habría, quizá, que reclamarle al autor: la entrada final de la orquesta en pleno, que uno espera para la despedida y que no llega.
No obstante, la obra deja un buen sabor de boca.
Se trata del trabajo de un profesional, de un narrador experto, talentoso.
Quizá, el libro adolece de un buen trabajo de edición, lo que afecta la obra. Nada más.
No obstante, allí están las historias, doce de ellas.
Allí están los personajes: las mujeres como motivo esencial y un hombre, Milingo, que define su vida en sus encuentros y también en sus despedidas definitivas.
Allí están los paisajes: el sur como fondo, el mar como contraste vital.
Y el amor, el dolor, la decepción y los fracasos amorosos que aparecen como motivos de las narraciones.
Estamos ante una obra que frente al trasfondo psicológico, opta por exponernos las vivencias llanas de los personajes; algunas de ellas muy crudas y realistas: como el caso de la niña violada por el padre ciego, convertida ahora en la adulta que requiere de la imagen violenta de su pasado para acceder al sexo.
En historias coherentes y la mayor parte bien expuestas, radica el alma de la obra.
Al terminar la lectura el autor nos deja la sensación de que hay Milingo para más.
El pasado del muchacho de Puerto México y el entorno psicológico de su vida, bien valdrían la pena en más trabajos de Samuel.
Ya lo hizo y esperamos que lo siga haciendo: crear un trabajo literario que retrate con acierto una parte de la sociedad que el sur es.
Veinte años atrás supe que a Samuel le gustaba correr por las calles de Acayucan.
Con el tiempo lo leí y entendí la circunstancia: Insisto, Samuel es un creador de vientos.
Esta vez, en la lectura de su nuevo libro, he recordado a don Germán Rodríguez Filigrana y he encargado a uno de los versos de Samuel que lo salude donde esté y le diga que se le recuerda con cariño.
También es preciso decirle que acá, en su querido Sur, sigue habiendo gente que como él vive para la cultura.
Gracias Samuel por el motivo para el recuento y el recuerdo.
Gracias don Germán, donde quiera que esté.
Gracias a la Casa de Cultura de Coatzacoalcos y a su directora, una histórica promotora cultural: Angélica Carmona.
“De Todas las Mujeres”, una obra literaria que es De Todo el Sur.
Que lo retrata en su pasado, que lo refleja en su presente y que lo enriquece

viernes, 5 de marzo de 2010


DE TODAS LAS MUJERES

Samuel Pérez García.


Sucede que un día un hombre y una mujer se miran, sienten que se quieren, se esconden de todas las miradas, y luego, con el paso del tiempo, piensan que no nacieron el uno para el otro y se desaman, para luego volver a comenzar, con el mismo ímpetu anterior para encontrarse con otro/otra, y la rueda comienza de nuevo a girar hasta concluir momentáneamente, porque la rueda seguirá girando hasta iniciar de nuevo.
Esto tal vez podría resumir lo que mi libro contiene. De todas las mujeres son más que historias de amor, historias de desamor, donde Milingo, el personaje que cuenta, teje y desteje su historia a través de Antonia, Silvia, La Lupe, Orfilia, Naranja Dulce, o Valeria, y nos entrega la idea de que en el amor no está dicho todo. Acaso sea una ráfaga que refresca la vida, pero en pago a ello, trae consigo el abandono, el olvido, y así hasta volver a encontrar el agua fresca que restañe la resaca del día anterior. Quien tiene amor, paga con el desamor; quien vive el desamor, tarde o temprano encuentra amor, aunque solo sea por breve tiempo.
No hay amor bonito, podría ser el corolario de las historias escritas, más bien amores con encrucijadas: cuando menos lo esperas sientes la artera puñalada, bajo la espesa oscuridad de unas pestañas. Y no es porque se busque premeditadamente, es, como tal vez, pensó el personaje: su infidelidad no era por querencia propia, sino porque ya estaba escrita en las líneas de la mano.
El libro contiene doce historias, todas con nombres de mujeres, de ahí el título que da origen al libro, aunque tal vez pudiera pensarse en otro sentido: la ansiedad de Milingo por ser de todas las mujeres y a la vez de ninguna. Pero también, es posible, entreverar de su título, el cordón umbilical que las une: historias trágicas donde la sombra de la muerte está presente como un velo que arropa a los personajes: Antonia, la de la historia inicial, es esposa y amante, decide terminar la relación y Milingo no lo acepta, no lo concibe, y en medio de la locura que todo amor propicia, decide sacrificarla. Por eso la mata, luego en la cárcel, se pone a escribir un diario interminable.
Silvia es la historia de amor entre un Milingo adolescente y una mujer otoñal, cuyo gusto personal eran los muchachos. Con el apoyo de Pilar, sirvienta de Silvia, Milingo conoce a la señora y una noche, después de unos tragos, se acuesta con ella. No hubiera pasado a más de lo que ocurrió esa noche, pero Milingo, cual joven inexperto, se enamora. No así Silvia, para quien Milingo no es más que un pasatiempo sexual como lo eran todos los muchachos a quienes encamaba. Por los amigos Milingo lo sabe pero no lo cree. Un día le propone que le llevará serenata y lo hace. Pero en lugar de doblar el corazón de Silvia, lo distancia más. Y eso le duele a Milingo que no encuentra el modo de recuperar lo que se le va. Perdido por ese amor, un día se encuentra a Pilar, la doméstica de la doña y celestina al mismo tiempo, porque fue ella la que lo contacto con la señora. Para mala suerte de ambos, en el cine encuentran a Silvia, quien goza de la película con otro muchacho. Ese suceso que parecía no haberla molestado, revienta al otro día. Pilar es corrida de su empleo. Tal suceso concita un diálogo entre Pilar y Milingo, y es donde éste sabe de los gustos de la señora por los muchachos. Los años pasan y Milingo se va de la ciudad a estudiar a otra parte, pero sin olvidarla. Cuando los años pasan, Milingo se entera por boca de una amiga suya, que a su vez es pariente de Silvia, que ésta murió de cáncer en el pecho y que el día de su muerte el último nombre que pronunció fue el de un muchacho al que amó tanto. Ese nombre, por supuesto no fue el de Milingo, pero eso motivó a éste contar la historia para su propio entendimiento. Del papel que jugó en esa aventura amorosa sucedida en una ciudad pequeña, arenosa y playera como era Puerto México en los años setenta del siglo pasado.
La Lupe cuenta otro momento de Milingo. En aquellos años mozos, Milingo pensaba que la novia de un amigo era cuestión de respeto y la fidelidad un asunto de honor. Pero una noche, al acompañar a la Lupe a su casa, se quedan charlando en la entrada del edificio y ella se ofrece leerle las líneas de la mano; por alguna razón inconsciente o muy de agandalle, Milingo faja con ella como si fuera la novia oficial. Así, creído que la Lupe le había dado la oportunidad por amor a él, Milingo piensa de qué modo contarle la verdad a su amigo de la relación que ya cree mantener con Lupe. Pero más se desbarata en pensar que aquella en regresar a los brazos del amado. Días después Milingo la aborda en el centro del puerto y le pregunta si así era con todos, y ésta en respuesta, a punto de abordar el autobús de la ruta playa norte, le recuerda lo que había leído esa noche en las líneas de su mano: le dice que será un hombre infiel toda la vida y por lo mismo ninguna mujer la querrá completamente. Con el paso de los años, Milingo entendió que Lupe tenía razón, y que si él ha sido infiel y por lo mismo ninguna mujer lo ha querido de verdad, no es por culpa propia, sino por el destino dictado en las líneas de la mano.
Valeria cuenta la historia de una mesera, buena como muchas y querendona como cualquiera. Especial por no ser vulgar. En lugar de palabrotas que se dicen a la hora de la cama, ella solía pedir que le dijeran cosas bonitas al oído. Milingo la conoce en El Pirata, una cantina disfrazada de Restaurant Bar a donde asiste para esperar que la lluvia pasara. Entrados en el consumo de cervezas ella le cuenta la historia de su infancia. Narra que fue violada por su padre y eso repercutió en su comportamiento sexual con el marido. No sentía nada a la hora de la hora. Y esa frialdad era una piedra filosa entre los dos. Al venir los reclamos, ella le confesó la verdad de su actitud. En respuesta el marido se desquitó la pena en el trago y en las trasnochadas. Valeria fue a contarle a la madre lo que pasaba y esta le dijo que se olvidara de ese momento bochornoso con el padre, pues no lo dijo a tiempo. Ahora que se ocupara de su marido, esa era su obligación. A punto de borrachos, Milingo conviene con Valeria ir a un hotel. Al concluir la tarea, Milingo le indica que ya estaba curada, porque no la sintió fría sino todo lo contrario. Pero ella le replicó que cuando el amor estaba a toda asta, cuando más pasión sentía, no era Milingo quien lo hacía, sino la sombra de su padre, quien obraba sobre ella. Y por eso era su dolor. Esa sombra no se la podía quitar, de ahí las ganas que siempre tuvo por matarlo. ¿Y por qué no lo hiciste, le pregunta Milingo? Y Valeria responde: No podía matar a un ciego. Un ciego que salía todas las mañanas a pedir limosna para que nosotros comiéramos.
Estas son algunas muestras de lo que cuento en este libro que hoy pongo a disposición de mis lectores del sur Veracruzano. El escenario donde ocurren es aquella ciudad chiquita, playera, arenosa como ninguna, en cuyas tardes calurosas se podía sentar en el frente de la casa para ver pasar a los paseantes o jugar la cascarita en la calle. Su nombre anterior es Puerto México, hoy conocido como Coatzacoalcos. Y sigue teniendo en la memoria del autor un encanto especial, no tanto por las calles amplias y el malecón costero que ahora le construyeron, sino por las Silvias, Antonias y Lupes que transitaron las calles de su corazón y que aquí aparecen transfiguradas para que pudieran formar parte de De todas las mujeres. Pero esas Silvias, Antonias y Lupes han existido en el corazón de otros jóvenes, que a lo mejor, el día de mañana escriban otras historias mejores. O tal vez como me dijo una mujer hace unos días: yo también voy a escribir mis historias, pero mi libro se va a llamar: De todos los tamaños. Así es la vida. Cada quien la vislumbra desde su propia perspectiva y por lo tanto, se acomoda al mundo según sea su interés.