viernes, 5 de marzo de 2010


DE TODAS LAS MUJERES

Samuel Pérez García.


Sucede que un día un hombre y una mujer se miran, sienten que se quieren, se esconden de todas las miradas, y luego, con el paso del tiempo, piensan que no nacieron el uno para el otro y se desaman, para luego volver a comenzar, con el mismo ímpetu anterior para encontrarse con otro/otra, y la rueda comienza de nuevo a girar hasta concluir momentáneamente, porque la rueda seguirá girando hasta iniciar de nuevo.
Esto tal vez podría resumir lo que mi libro contiene. De todas las mujeres son más que historias de amor, historias de desamor, donde Milingo, el personaje que cuenta, teje y desteje su historia a través de Antonia, Silvia, La Lupe, Orfilia, Naranja Dulce, o Valeria, y nos entrega la idea de que en el amor no está dicho todo. Acaso sea una ráfaga que refresca la vida, pero en pago a ello, trae consigo el abandono, el olvido, y así hasta volver a encontrar el agua fresca que restañe la resaca del día anterior. Quien tiene amor, paga con el desamor; quien vive el desamor, tarde o temprano encuentra amor, aunque solo sea por breve tiempo.
No hay amor bonito, podría ser el corolario de las historias escritas, más bien amores con encrucijadas: cuando menos lo esperas sientes la artera puñalada, bajo la espesa oscuridad de unas pestañas. Y no es porque se busque premeditadamente, es, como tal vez, pensó el personaje: su infidelidad no era por querencia propia, sino porque ya estaba escrita en las líneas de la mano.
El libro contiene doce historias, todas con nombres de mujeres, de ahí el título que da origen al libro, aunque tal vez pudiera pensarse en otro sentido: la ansiedad de Milingo por ser de todas las mujeres y a la vez de ninguna. Pero también, es posible, entreverar de su título, el cordón umbilical que las une: historias trágicas donde la sombra de la muerte está presente como un velo que arropa a los personajes: Antonia, la de la historia inicial, es esposa y amante, decide terminar la relación y Milingo no lo acepta, no lo concibe, y en medio de la locura que todo amor propicia, decide sacrificarla. Por eso la mata, luego en la cárcel, se pone a escribir un diario interminable.
Silvia es la historia de amor entre un Milingo adolescente y una mujer otoñal, cuyo gusto personal eran los muchachos. Con el apoyo de Pilar, sirvienta de Silvia, Milingo conoce a la señora y una noche, después de unos tragos, se acuesta con ella. No hubiera pasado a más de lo que ocurrió esa noche, pero Milingo, cual joven inexperto, se enamora. No así Silvia, para quien Milingo no es más que un pasatiempo sexual como lo eran todos los muchachos a quienes encamaba. Por los amigos Milingo lo sabe pero no lo cree. Un día le propone que le llevará serenata y lo hace. Pero en lugar de doblar el corazón de Silvia, lo distancia más. Y eso le duele a Milingo que no encuentra el modo de recuperar lo que se le va. Perdido por ese amor, un día se encuentra a Pilar, la doméstica de la doña y celestina al mismo tiempo, porque fue ella la que lo contacto con la señora. Para mala suerte de ambos, en el cine encuentran a Silvia, quien goza de la película con otro muchacho. Ese suceso que parecía no haberla molestado, revienta al otro día. Pilar es corrida de su empleo. Tal suceso concita un diálogo entre Pilar y Milingo, y es donde éste sabe de los gustos de la señora por los muchachos. Los años pasan y Milingo se va de la ciudad a estudiar a otra parte, pero sin olvidarla. Cuando los años pasan, Milingo se entera por boca de una amiga suya, que a su vez es pariente de Silvia, que ésta murió de cáncer en el pecho y que el día de su muerte el último nombre que pronunció fue el de un muchacho al que amó tanto. Ese nombre, por supuesto no fue el de Milingo, pero eso motivó a éste contar la historia para su propio entendimiento. Del papel que jugó en esa aventura amorosa sucedida en una ciudad pequeña, arenosa y playera como era Puerto México en los años setenta del siglo pasado.
La Lupe cuenta otro momento de Milingo. En aquellos años mozos, Milingo pensaba que la novia de un amigo era cuestión de respeto y la fidelidad un asunto de honor. Pero una noche, al acompañar a la Lupe a su casa, se quedan charlando en la entrada del edificio y ella se ofrece leerle las líneas de la mano; por alguna razón inconsciente o muy de agandalle, Milingo faja con ella como si fuera la novia oficial. Así, creído que la Lupe le había dado la oportunidad por amor a él, Milingo piensa de qué modo contarle la verdad a su amigo de la relación que ya cree mantener con Lupe. Pero más se desbarata en pensar que aquella en regresar a los brazos del amado. Días después Milingo la aborda en el centro del puerto y le pregunta si así era con todos, y ésta en respuesta, a punto de abordar el autobús de la ruta playa norte, le recuerda lo que había leído esa noche en las líneas de su mano: le dice que será un hombre infiel toda la vida y por lo mismo ninguna mujer la querrá completamente. Con el paso de los años, Milingo entendió que Lupe tenía razón, y que si él ha sido infiel y por lo mismo ninguna mujer lo ha querido de verdad, no es por culpa propia, sino por el destino dictado en las líneas de la mano.
Valeria cuenta la historia de una mesera, buena como muchas y querendona como cualquiera. Especial por no ser vulgar. En lugar de palabrotas que se dicen a la hora de la cama, ella solía pedir que le dijeran cosas bonitas al oído. Milingo la conoce en El Pirata, una cantina disfrazada de Restaurant Bar a donde asiste para esperar que la lluvia pasara. Entrados en el consumo de cervezas ella le cuenta la historia de su infancia. Narra que fue violada por su padre y eso repercutió en su comportamiento sexual con el marido. No sentía nada a la hora de la hora. Y esa frialdad era una piedra filosa entre los dos. Al venir los reclamos, ella le confesó la verdad de su actitud. En respuesta el marido se desquitó la pena en el trago y en las trasnochadas. Valeria fue a contarle a la madre lo que pasaba y esta le dijo que se olvidara de ese momento bochornoso con el padre, pues no lo dijo a tiempo. Ahora que se ocupara de su marido, esa era su obligación. A punto de borrachos, Milingo conviene con Valeria ir a un hotel. Al concluir la tarea, Milingo le indica que ya estaba curada, porque no la sintió fría sino todo lo contrario. Pero ella le replicó que cuando el amor estaba a toda asta, cuando más pasión sentía, no era Milingo quien lo hacía, sino la sombra de su padre, quien obraba sobre ella. Y por eso era su dolor. Esa sombra no se la podía quitar, de ahí las ganas que siempre tuvo por matarlo. ¿Y por qué no lo hiciste, le pregunta Milingo? Y Valeria responde: No podía matar a un ciego. Un ciego que salía todas las mañanas a pedir limosna para que nosotros comiéramos.
Estas son algunas muestras de lo que cuento en este libro que hoy pongo a disposición de mis lectores del sur Veracruzano. El escenario donde ocurren es aquella ciudad chiquita, playera, arenosa como ninguna, en cuyas tardes calurosas se podía sentar en el frente de la casa para ver pasar a los paseantes o jugar la cascarita en la calle. Su nombre anterior es Puerto México, hoy conocido como Coatzacoalcos. Y sigue teniendo en la memoria del autor un encanto especial, no tanto por las calles amplias y el malecón costero que ahora le construyeron, sino por las Silvias, Antonias y Lupes que transitaron las calles de su corazón y que aquí aparecen transfiguradas para que pudieran formar parte de De todas las mujeres. Pero esas Silvias, Antonias y Lupes han existido en el corazón de otros jóvenes, que a lo mejor, el día de mañana escriban otras historias mejores. O tal vez como me dijo una mujer hace unos días: yo también voy a escribir mis historias, pero mi libro se va a llamar: De todos los tamaños. Así es la vida. Cada quien la vislumbra desde su propia perspectiva y por lo tanto, se acomoda al mundo según sea su interés.

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