sábado, 31 de julio de 2010


RECORDANDO A RUBEN SALAZAR MALLÉN.
CAMARADAS
[1]: UNA NOVELA QUE DENUNCIA LOS INTRINGULIS DE LOS COMUNISTAS/ PERREDISTAS.
Samuel Pérez García

Para unos, Camaradas es la primera novela anticomunista publicada por vez primera en 1959, un año después del movimiento ferrocarrilero (1958); siete del movimiento médico de 1966, nueve del movimiento del 68 y doce de la masacre del movimiento estudiantil de 1971, de otros tantos de la guerrilla urbana y de la de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas. En ese contexto de difusión hubo de resultar difícil que se le publicara con el mismo aire de triunfalismo como sucedió con otras obras como Pedro Páramo de Juan Rulfo o El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz, que también vieron la luz en esa década.
Y creo, que si la hubiera leído en esos años del movimiento estudiantil del 68 mi juicio habría sido el mismo que Rubén Salazar pone en boca de alguno de sus personajes: que la novela contenía prejuicios “pequeñoburgueses”, que era una “obra reaccionaria” o que servía a la reacción y a los capitalistas. Pero ahora de ningún modo puede afirmarse juicios tan sumarios. Por eso valdría la pena retomar su lectura.
Camaradas lo que hace es husmear en la conciencia de los jóvenes y viejos izquierdistas de los años treinta y retratar lo que ellos pensaban y cómo actuaban frente a las ideas del socialismo estalinista de aquellos años. En esa época y todavía muy reciente, la de los setenta y ochenta del siglo pasado, no apoyar con el compromiso por delante a los “revolucionarios” era suponer que el militante izquierdista todavía estaba permeado por ideas pequeñoburguesas y clericales. Antes que la vida propia, estaba la revolución y quien no pensaba conforme el canon de Lenin o Marx era ser troskista, maoísta o contrarevolucionario para usar el concepto de los nicaragüenses de los años ochenta.
Pero la novela va mucho más allá y no solamente retrata la vida inhóspita y diferenciada entre los militantes obreros, de clase proletaria y los de de nivel económico alto, de la buena vida que ellos se daban y la mala que llevaban los militantes de base, tal condición los hacía contradecirse en las perspectivas de vida que cada uno buscaba en la revolución y a la cual se decían entregados. Expone también de manera cruda lo que hoy pasa en el movimiento de los sedicentes luchadores sociales que se cobijan en los partidos actuales, llámense amarillos o verdes, (antes eran revolucionarios), cuyo propósito parece ser el conseguir logros personales más que colectivos. Vender movimientos con tal de concretar lo que se busca casi siempre: el sobresalir a través de un cargo público por encima del sufrimiento de los demás.
En dicha novela Duplan y Lafragua y Campos, son los personajes del Comité Central que dan la línea ideológica y pretenden hacer valer su propia palabra sin chistar dentro del movimiento que dirigen. La verdad residía en ellos, y cualquier objeción era vista como atentatoria a la disciplina ideológica y partidaria. Pero no solamente esto, sino que, además, y como en todo grupo, proliferan los celos de poder y tomas de decisión a trasmano del colectivo. Y también la infidelidad amorosa y promiscuidad sexual, natural de generarse en todo grupo partidario. Aurelio Zárate, militante impoluto y Secretario de la Cámara de Trabajo mantiene relación amorosa con Alicia (compañera camal de Felipe), aun cuando aquél tiene esposa a Rosa, militante también; Felipe, militante y ayudante de Aurelio en la Cámara, amante de Rosa.
Pero el argumento central de la novela gira en torno a la necesidad de desbancar de la Cámara de Trabajo a Aurelio Zárate, a quien quieren suplir porque ya no satisface la moral corrupta y entreguista de quienes dirigen al partido comunista. Como el asunto no es fácil, piensan en varias estrategias. La primera es involucrarlo en una gesta heroica por amor a la revolución. Se le comisiona tomar él solo la estación de radio y lanzar una proclama a favor de la revolución rusa y contra el gobierno. Dicho acto llevaba dos fines: celebrar ese onomástico, pero también que la toma fracasara y Aurelio fuera a prisión. En ese acto riesgoso no hay paga de por medio, es amor y entrega por los ideales de la revolución proletaria. Aquél cumple la misión, pero en secreto se lleva de apoyo al estudiante Raúl Arroyo, quien cree fervientemente en el comunismo y en lo que hacen y dicen los altos dirigentes. Con su apoyo, Aurelio Zárate cumple con éxito la tarea.
Al fracasar ese modo de deshacerse del líder, el Comité Central elucubra darle caballazo en la próxima elección interna. Para ello preparan al propio Raúl Arroyo como sustituto, pero llegado la hora, éste decide no acatar la disposición, porque reconocía el papel de honestidad y compromiso que Aurelio Zárate tenía con el movimiento obrero, por esa razón prefiere renunciar al partido. Pero como los comunistas de ese entonces no aceptaban renuncias, lo que procede es la expulsión de Arroyo.
Al fallar ese segundo intento piensan en otro subterfugio: reconocerle a Aurelio su dedicación y entrega a la revolución, y en virtud de eso lo mandan pensionado a la URSS a prepararse mejor. Este cae en el garlito y decide viajar a Rusia dejando a su compañera Rosa al “cuidado” de Felipe.
Por su parte, Raúl Arroyo una vez que ha salido del partido, se encuentra cierta tarde a Laura, quien había sido su novia durante la militancia. Durante ese encuentro, ella le indica que están a la espera de que salgan los obreros de una fábrica con el fin de hacer un mitin relámpago y repartir volantes. Raúl, por la simpatía que siente por Laura se le suma, aún sin ser ya partidario comunista, y el mitin se desarrolla sin contratiempo policial. Pero cuando él y Laura abordan el tranvía que los aleje del lugar, la policía los apresa y se los llevan.
En la cárcel, previo antes de salir libre, Laura recibe la visita de Campos, quien le da instrucciones de lo que debe decir y hacer una vez que salga de prisión: que Raúl Arroyo llegó al comunismo porque estaba enamorada de ella –aunque ella sabe que fue al revés- que se había ido de la militancia porque había sido expulsado, para aquellos que no supieran que él había renunciado. Ella protesta, pero finalmente acepta su suerte y lo que tiene que decir llegado el caso.
Sin embargo, algo inquieta al Comité Central: Raúl sabe bastante. Por eso Duplan y Lafragua y Campos no se quedan quietos. Piensan que Arroyo puede hablar en prisión y todos pueden caer. Para evitarlo creen un deber denunciarlo a la policía para que ésta sepa que él fue uno de los que tomaron la estación de radio. Otro señala que a Arroyo lo mandarán a las Islas Marías y que ahí ni caso tiene preocuparse por él. Otro más habla de la necesidad de una enfermedad o de un accidente mortal. Lo que sea será beneficioso para el grupo de comunistas que teme por que Raúl hable. La novela concluye con un noticioso periodístico: un preso asesinó en la cárcel a su compañero de celda de nombre Raúl Arroyo. En tanto, Laura al salir de la cárcel, piensa en l la suerte de Arroyo, pero finalmente por beneficio propio, se queda callada por deber revolucionario.
Leer la novela me llevó a pensar cómo fue mi actuación en los años setenta cuando militaba en la izquierda revolucionaria. El sacrificio y la entrega a la cual nosotros mismos nos imponíamos. O nos imponían aquellos que más sabían. Salir a pintar las bardas durante las noches era un acto heroico al cual nos entregábamos por amor a la revolución. Pero también mirar la diferencia entre los que dirigían y los dirigidos. Aquellos viviendo bien por ser los intelectuales; nosotros viviendo como pudiéramos. Nosotros comiendo bien y hablando del cambio y la revolución a otros que apenas comían. Nosotros vociferando el compromiso, la entrega, el heroísmo; aquellos escuchando y en sus ojos cerniéndose la desconfianza. Unos muriendo y otros llorando la muerte. Unos caminando bajo el sol inclemente de Juchitán a Oaxaca, y otros negociando la salida al movimiento. Unos sufriendo el hambre y el fío; otros durmiendo bien y gozando. El discurso revolucionario entrando por un oído y saliendo por el otro. Los huipiles rojos, las enaguas de mil colores. El viento que zumba y el habla cantada del zapoteco ondear el aire de Juchitán en aquellos años ochenta cuando la COCEI y sus dirigentes practicaban el centralismo democrático, que no era más que aceptar que un grupo de luminarias decidiera lo que debía hacerse y cómo hacerlo. Que aquellos que no acataran las disposiciones de ese comité central eran contrarios a los propósitos de la democracia exclusivista que se practicaba. En esa época o se era leninista o se era troskista o maoísta; ser priísta era un deshonor, de arrastrado y vendido no bajaban al opositor. A los que no procedían conforme al dictado del centralismo democrático eran expulsados de la COCEI. Así sobrevivió esa organización hasta que la misma realidad les hizo ver que tan lejos estaban de ella, y lo que no querían que sucediera, pasó inevitablemente. Héctor Sánchez, uno de los altos dirigentes, hoy anda del tingo al tango político: lo mismo está en un lado que en otro. Los demás, como Leopoldo de Gyves –de un periodo de honestidad revolucionaria pasaron a otro de corrupción democrática. De cada uno de esos dirigentes –supuestos incorruptibles a la del francés Robespierre- solamente queda una estela donde brilla el individualismo y el clásico “chinga quedito que atrás te vienen chingando.” Ni la memoria de Rodrigo Carrasco López, asesinado en 1981 y Víctor Yodo, desaparecido en 1978 y muchos otros asesinados en ese movimiento social que vivió el istmo oaxaqueño a partir de los años setenta y ochenta del siglo pasado, inmutan a esos dirigentes coceístas de antaño, que como Duplan, Campos y Lafragua, los personajes de Camarada, hicieron de la revolución un modo singular de sobrevivencia personal, pero no colectivo. Si no eras rojo, eras verde; si no eras coceísta eras reaccionario. Si no te plegabas al canon del comité central no existías. Camaradas de Rubén Salazar Mallén, escritor oriundo de Coatzacoalcos (1905-1986), bien merece ser releída porque ahora no refleja solamente los entretelones de los militantes comunistas, sino de los que hoy militan en el perredismo, en especial en la zona del sur veracruzano.
[1] Rubén Salazar Mallén (1905-1986). Camaradas.Crónica novelada del PCM. México, Universo, 1987, 95 pp.

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