lunes, 14 de octubre de 2013

¿Por qué se enoja señor, si yo muero de risa?



Samuel Pérez García
UPN 305

Me dan risa los argumentos de los padres de familia  que nos miran como animales ignorantes, testarudos en el obrar para derogar una ley lesiva, que a la larga los afectará  también a ellos. Me da risa porque en lugar de que busquen la raíz del problema, critican las consecuencias sociales y económicas que está ocasionando la reforma en controversia.
Me da risa porque no reparan que el testarudo y necio, el ignorante, es su propio Presidente de la República, es el mismo por el cual votaron para revivir glorias antiguas, que ya no lo es, y sí parece un infierno para los mismos que votaron por ese partido y por ese candidato.
Me da risa porque no vislumbran que más allá de los efectos, es la causa la que hay que combatir, y estas son la política económica del régimen, cuyo propósito es vender todo lo vendible para darle a los empresarios hueso que roer, y a los extranjeros, fuentes de producción donde reproducir el capital de inversión. Una política económica que encontró en la escuela pública un filo de inversión rentable, donde nuestros niños serán las mercancías más codiciadas.
Me dan risa con sus argumentos de odio hacia el magisterio veracruzano, como si solo Veracruz estuviera en lucha y no casi la totalidad de los 30 estados de la República. Si sólo los maestros veracruzanos estuvieran en la insurgencia, es casi seguro que ya hubieran sido aplastados en un baño de sangre, casi de igual modo como hace muchos años se reprimió a los estudiantes el dos de octubre, o a los insurrectos obreros de Río Blanco, a principios del siglo XX bajo el régimen de Porfirio Díaz.
Me mueve a conmiseración cuando los oigo escribir sobre la mala actitud de los maestros ignorantes, pues no reparan que esos maestros a los cuales critican son los que le imparten clases a sus hijos, por los cuales lloran y claman su pérdida de año escolar.
Me conmueven sus vociferaciones en lugar de que me moleste, porque a una persona no la conoces sólo por su vestido o su color de piel, sino por los argumentos que esgrima para proponer su idea en torno a un asunto.
Y todo eso me lleva a pensar que sí, de verdad, requerimos una reforma educativa a fondo por un lado, pero por otro lado, un modo diferente de pensar el trabajo docente. Una reforma a fondo para que concientice a los padres de familia y comprendan que entre el maestro y padre no debería haber conflicto, sino apoyo. Apoyo porque el maestro enseña conocimientos y teoriza los valores, pero los padres, con el ejemplo implantan en la conciencia del niño el modo de ser práctico ante al conocimiento y frente a la sociedad. Un padre que demuestra responsabilidad frente a la familia, que transmite calor paterno a sus hijos, que promueve como actitud la honestidad y la solidaridad como sus más caros valores, no puede formar más que un hijo con ese mismo molde, y ante el cual el maestro encontraría terreno fértil para fortalecerla en el niño. Pero si el padre no brinda ese afecto, si tiene dividida a su propia familia, si en lugar de supervisar lo que el niño va realizando en transcurso del ciclo escolar, se olvida de ese compromiso, es lógico que el maestro no podrá por sí solo educar al niño. Es importante que el padre colabore en ese proceso. Por eso digo, que no debería haber contradicción entre padres y maestros, a propósito de este movimiento de insurgencia que se vive hoy. Pero también una reforma a fondo para que replantee la práctica en el ejercicio de la docencia. Si hubiera esa reforma, entonces, el maestro ya no sería nunca más, un técnico desarrollador de los cursos que el programa marca. Sería más que eso, el maestro sería un intelectual reflexivo y comprometido no sólo con lo que le pasa a sus alumnos, en la casa, en la calle, en el aula, sino vinculado a las necesidades sociales y educativas de la población donde la escuela esté. Sería un maestro, ejemplo de aquellos viejos maestros del cardenismo histórico: un intelectual comprometido con el bienestar de la comunidad y la escuela donde labore. Pero la reforma de Enrique Peña Nieto no aspira a eso. Lo único que plantea es que para ser maestro ahora hay que evaluarse, seas de primer ingreso o ya tengas cinco, diez o veinte años, pero no te quieren evaluar para saber si sabes y cómo continuar tu trayecto formativo, sino que se ha planteado más como una reforma de carácter laboral, regido por un ley de excepción, como si los maestros de ahora, fuéramos extraterrestres y como si la Constitución Política en su artículo 14, hubiera dejado de tener vigencia, es decir, que a partir de eso, las leyes fueran retroactivas.
Pero no es así, por eso los maestros de México, no solo de Veracruz están levantados y solo tienen un propósito: derogar esa ley lesiva que atenta contra ellos y contra la educación de los niños, porque de aplicarse, los padres tendrían que costear los gastos que genere la educación de sus hijos. Y eso no se puede permitir: la educación debe seguir siendo gratuita, laica, democrática, científica y pública. Además, no podemos convertir a los niños en mercancías cautivas para que los capitalistas se enriquezcan a través de los desayunos escolares. Por eso los maestros están en lucha, pero los ciudadanos padres, en lugar de buscar las razones de ese levantamiento, desaprueban   los efectos que está trayendo este levantamiento magisterial.

Por eso me mueven a risa lo que los padres escriben en el facebook, porque en lugar de decir que me molestan, prefiero decir que me mueven la facultad de reír, pero al mismo tiempo, me da pie para pensar que sí necesitamos una reforma profunda en la educación para que nunca más, padres y maestros, se contradigan cuando se trate de defender la educación de nuestros hijos. Sino que marchen juntos para erradicar la ignorancia de un mal razonamiento como el que ahora campea en la mente de esos padres, que luchan porque los maestros vuelvan a clases sumisos y mansitos como eran antes de la irrupción de este levantamiento magisterial

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