Samuel Pérez García
Lo que muchos querían en Cosoleacaque era que Ponciano Vázquez no llegara
al gobierno municipal. Pero lo decían sin organizarse, o tras bambalinas para
no tener riesgos futuros. Eso lo oía en las colonias, pero también en la
cabecera. Sin embargo, en este último lugar no se produjo el fenómeno de
rechazo, sino de aceptación. Ponciano Vázquez obtuvo al menos 15 casillas donde
la gente votó por él; en cambio Víctor, consiguió unas 17 casillas en su favor.
Es cierto, que la ventaja en la cabecera municipal fue mínima, pero al fin y al
cabo, no hubo el rechazó total que la gente manifestaba días antes de la
elección. No la hubo, como por ejemplo, sucedió con Darío Aburto en el año
2000, donde el ex cura a lo sumo ganó una o dos casillas, siendo arrollado por
el PRI, aunque a final de cuentas el ex cura salió triunfante, gracias al voto
de las colonias.
Frente a esos crudos hechos de la realidad electoral, no hay más que
preguntarse porque los cosoleacanecos serán tan penitentes que prefirieron
votar por malo conocido, por un gobierno familiar, que por un gobierno democrático,
pero además, haber intuido que el cambio del poder estaba en Víctor García, un
candidato que ni siquiera traía un plan de gobierno, más que la fiesta brava,
de la cual se valió en su campaña.
Quiero intentar una respuesta a esta interrogante que a todos anonada e
impacta por su crudeza.
En primer lugar, esos votos que le dan el triunfo a Ponciano Vázquez no son
votos que surjan del nivel de conciencia política del pueblo. Son votos
comprados a cambio de la ayuda que el candidato ofreció. Un voto clientelar que
el PRI ya tiene cooptado en cada elección. Desde la noche previa a la elección
los operadores del PRI visitaron a su clientela para ofrecer la dádiva de
siempre y decirles que había que salir temprano. Para ello pusieron a disposición
taxis al servicio de los votantes para que éstos, sin despeinarse, acudieran a
las urnas. Junto a esto operaron casas
de seguridad donde el voto se adquiría de acuerdo al vestido del cliente, que
generalmente son seres en pobreza económica y de bajo nivel de conciencia, una
especie de idiotas que, por hambre, han de bailar al modo cómo el pagador
imponga. En la colonia Congreso, por ejemplo, Ana Bertha Gutiérrez Zárate
operadora de Gladis Merlín anduvo movida desde la noche anterior y todo el resto
del domingo con tal de lograr el triunfo de su candidata. A su casa se
reportaban los taxis que iban y traían gente de la Acosta Lagunes, y a los que
vivían en la misma Colonia, sus operadores iban y lo azuzaban para que salieran
a votar. Luego, al mediodía, se intercambiaban la lista que tenía el
representante de casilla, para ver quienes habían votado y quienes no, para
hacer cuadrar la lista de los votos comprometidos. Así operaron en todo el
municipio. Así se fraguaron los 17 mil votos que consiguió el PRI. Son votos de
infrahombres que carecen de toda estima humana, de dignidad y de valentía para
enfrentar su suerte. Son votos prostituidos que se consiguen a cambio de un
bien. Son los votos que cuestionan la democracia como proceso de vida y
lastiman la dignidad humana.
En segundo lugar, junto a esta condición humana hay otros, que no
mercantilizaron su voto, pero sí lo entregaron como si así hubiera sido. ¿De
qué otro modo puede explicarse el hecho de que un candidato sin propuestas, sin
discurso, sin arraigo político haya conseguido unos 13 mil votos? Lo único
notorio de él fue que anduvo en su camioneta, se bajaba donde le indicaban y
tartamudeaba algunas palabras; a cambio de esa falta, traía músicos clonados
que los ciudadanos aplaudían, sobre todo los perredistas que ahora les tocó
vestir a la escoba de amarillo y los ciudadanos seguidores de ese partido votaron
por ella, sin importar que fuera un elemento inerte. ¿Los otros candidatos, que
no andaban en camionetas, sino a pie, porque no fueron de la preferencia de los
ciudadanos? Sencillamente porque la ciudadanía ha llegado a un grado en que,
ofuscado por la ideología, no distingue al candidato, sino al color del
partido. Y si a un gato lo vistes de amarillo, el ciudadano que se la juega en
ese organismo político, prefiere votar por él, antes que analizar qué candidato
podría presentar un programa de desarrollo municipal y de beneficio social a la
comunidad. Además, entre Víctor García y Gladis Merlín había un pacto de ayuda
mutua. Muchos priístas votaron por él, a cambio de destronar a Ponciano
Vázquez, y no tanto porque prefirieran un gobierno amarillo. Pero también, la
gente despechada por lo que ocurrió en el 2012, decidió no votar. Quedarse en
casa y justificar con su "siempre es lo mismo". Ni más ni menos.
Pero hay otro argumento que sacude más la conciencia. Es un argumento sociosicológico.
Le llamaría el síndrome del amo y del esclavo. Lo presento en estos términos.
Aquel que ha sido educado bajo la mirada y látigo del amo, se acostumbra
con el paso de días y años a mantenerse siempre en dependencia de quien lo azota
y esclaviza, a cambio de eso, recibe sus alimentos raquíticos de tal modo que
nunca pueda fortalecerse, porque un esclavo fuerte es un peligro. Y lo es más,
si acaso desarrollara su pensamiento. Así que, un esclavo sirve para el
trabajo, pero no para pensar. Mientras menos piense, más confiable es, piensa
el amo.
Esta relación de dependencia entre amo y esclavo llega a ser tan poderosa, que
este no puede creer que pudiera desarrollarse sin aquel. En todo, hasta en las
más actividades más simplonas, la sombra del amo está presente en la conciencia,
y nada puede suceder si el amo no lo autoriza o ve con buenos ojos. Así, para
que no suceda nada que lo desagrade, el esclavo acepta todo lo que aquel
decida, incluso hasta el uso sexual de las hijas o de la esposa. Desde luego,
que cuando suceden acciones como éstas, el esclavo presenta una justificación
interna: "no hay de otra", "así ha de estar escrito que
sea", "él es el patrón y sabe por qué lo hace".
Esto es lo que ha sucedido en Cosoleacaque. El esclavo, la gente con
pobreza económica o que no lo son tanto, pero que dependen económicamente de
quienes están en el gobierno municipal, en lugar de pensar en liberarse de la
bota de la familia que los oprime, es decir, de la familia Vázquez Parissi, han
introyectado en la conciencia, como resultado de la relación de dependencia y
opresión establecida en estos tres años de gobierno, la figura de estos
hermanos como los únicos que pueden decidir el rumbo de su propia vida. Sin Cirilo
y sin Ponciano, los pobres se sienten desamparados, aún cuando ellos no le
resuelven todo el confort, sí, por lo menos, les alivia las penurias
momentáneas, que para ellos son la base de la propia subsistencia. Doscientos
pesos para un rico es una minucia, pero doscientos pesos para un pobre es una
fortuna. Y si no, pregúntele a un taxista.
Deciden, entonces, otorgarles el voto para que sigan dándoles ese poco
dinero que ellos les han ofrecido. "Mejor poco que nada" -piensan en
sus adentros. Además, en el subconsciente del indígena de Cosoleacaque, no
entra sólo esta sombra de cacique opresor, sino también el deseo interno de ser
cómo ellos: güeritos, jóvenes y con poder. Que aunque directamente a ellos no
les benefician, sí indirectamente, pues votando por ellos, sienten que son de
la misma realeza, aunque en su propia imaginación y no en la cruda realidad.
"Si yo no puedo llegar a gobernar, entonces que sean ellos" -piensan
y enfatizan: "A través de ellos gobernamos nosotros". De este modo
justifican su acción de votar a favor de los hermanos, que aunque fuereños,
gracias a esta debilidad sociosicológica de la conciencia ciudadana del
indígena y mestizo de Cosoleacaque, los Vázquez Parissi seguirán cuatro años
más en el poder público, enriqueciéndose más y dándole migajas a sus esclavos.
En tanto, los demás, los que sí pensamos, no nos queda más que dos opciones:
aceptar el gobierno que viene o rebelarnos frente a ellos. Pero para tener
éxito en esa rebelión habrá que
organizarnos.
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