LOS POETAS SOMOS COMO LAS BAILARINAS.
Samuel Pérez García
Éstas para sobrevivir, no dudan en desnudarse y dejar que otros ojos las admiren o las denigren. Cuando lo hacen, van aventando sus prendas, en espera de que los hombres las atrapen para que él sea quien se las vuelva a colocar. Los hombres las admiran; las esposas las desprecian.
Los poetas, para vivir, van como en cámara lenta, aventando sus penas sin el menor pudor. Pero no venden su cuerpo, aunque sí, el alma, porque cada poema lleva algo de ellos que se descubre, si se sabe leer eso que el poema encierra. Y al igual que las bailarinas, también son admirados, pero también denigrados. Unos los quieren, pero otros los desprecian.
Contrario a las bailarinas, los poetas se mueren de hambre, porque los poemas no tienen el precio que posee un cuerpo joven y escultural. Incluso, aunque el poeta fuera femenino.
Así, pues, en el mercado vale más una bailarina que un poeta.
Este desequilibrio mercadotécnico se da, porque para la mayoría de la población, la poesía no existe. Acostumbrados a sentir y pensar cuadradamente, la gente prefiere alimento para el cuerpo, pero nunca para el alma. La mercancía de los poetas es etérea, goce intelectual, ánimo para el corazón de quienes saben apreciarla.
Las bailarinas, antes de bailar para la concurrencia, entran al escenario con ropajes que le cubren todo el cuerpo. Al ritmo de la música, se irán despojando de ellos, hasta quedarse sin ninguna prenda. El chiste de su baile no es la música ni el ritmo que le imprima, sino el cuerpo desnudo que hará suspirar a la clientela.
Los poetas, casi proceden igual. Pero tienen su diferencia. Antes de subir al escenario escriben un libro, y al ritmo de la propia euforia que genera su egolatría, dan lectura a sus poemas. Simbólicamente, cada poema es la ropa que se va quitando y que el poeta avienta al respetable. Al proceder así, se emparenta con la bailarina. Cada poema es una prenda que el poeta se despoja. Pero mientras que la bailarina muestra a la clientela su sexualidad a toda asta; el poeta muestra su sensibilidad hasta decir basta. Pero ahí donde aquella engancha el aplauso y los billetes, el poeta encuentra un aparente aprecio frente a muchos menosprecios.
Debido a estos últimos, el poeta teme a que lo tilden de loco. Por eso nunca arma su fiesta solo. Siempre se busca dos o tres padrinos, es decir, sus presentadores. Con ellos se llena de valor y acepta dar a conocer públicamente su trabajo. Cuando eso sucede, el poeta sabe si ha pasado la primera prueba. Que generalmente siempre ocurre bien. El se cuida que al evento solo llegue su familia y sus amigos. Eso hace una diferencia enorme entre la bailarina y el poeta: aquella, a los que menos invita es a los amigos, porque éstos siempre buscan cachuchazo, y ella lo que quiere es clientela que la arrope con billetes cafecitos de tres ceros.
Pero pese al menosprecio generalizado del poeta, éste se cree un ser distinto. Lo cree porque usa un lenguaje propio a la cofradía de locos a la cual pertenece. A través de ese lenguaje, crea emociones que son como un toloache para los enamorados, o aquellos que sufren una pena profunda. Como tú comprenderás.
La bailarina no tiene ese lenguaje, pero sí el que su cuerpo despide. Ese es su toloache. Frente a la pasión intelectual que el poeta genera en el alma; ellas son una veta de pasión sensual que vende al mejor postor. La pasión de ellas encandila al más reacio. La emoción que el poeta genera, difícilmente podría conseguir los pesos que ella conquista en una noche de licor y amor comprado.
Por eso, ser poeta es lo más triste que hay en la vida. Las niñas cuando lo son, admiran a las bailarinas, pero no a los poetas. Y si a uno se le ocurre decirle a su padre, que de grande le gustaría ser poeta, el papá se queda zombi. Uno tiene el derecho de formarse en cualquier profesión u oficio, pero nunca de poeta, salvo que quiera morirse de hambre y mostrar sus penas al mundo, igual como las bailarinas del table dance o como yo haré en esta noche. Y la verdad, sinceramente, para eso de la poesía hay que tener mucho valor. Pues no es fácil mostrar las penas al mundo. En cambio, la bailarina muestra su pubis al mundo sin presentar rubor.
Y si me lo permite, me voy al Caballo Blanco o al de Lola, no por la poesía, sino por la bailarina que he de encontrarme ahí.
Samuel Pérez García
Éstas para sobrevivir, no dudan en desnudarse y dejar que otros ojos las admiren o las denigren. Cuando lo hacen, van aventando sus prendas, en espera de que los hombres las atrapen para que él sea quien se las vuelva a colocar. Los hombres las admiran; las esposas las desprecian.
Los poetas, para vivir, van como en cámara lenta, aventando sus penas sin el menor pudor. Pero no venden su cuerpo, aunque sí, el alma, porque cada poema lleva algo de ellos que se descubre, si se sabe leer eso que el poema encierra. Y al igual que las bailarinas, también son admirados, pero también denigrados. Unos los quieren, pero otros los desprecian.
Contrario a las bailarinas, los poetas se mueren de hambre, porque los poemas no tienen el precio que posee un cuerpo joven y escultural. Incluso, aunque el poeta fuera femenino.
Así, pues, en el mercado vale más una bailarina que un poeta.
Este desequilibrio mercadotécnico se da, porque para la mayoría de la población, la poesía no existe. Acostumbrados a sentir y pensar cuadradamente, la gente prefiere alimento para el cuerpo, pero nunca para el alma. La mercancía de los poetas es etérea, goce intelectual, ánimo para el corazón de quienes saben apreciarla.
Las bailarinas, antes de bailar para la concurrencia, entran al escenario con ropajes que le cubren todo el cuerpo. Al ritmo de la música, se irán despojando de ellos, hasta quedarse sin ninguna prenda. El chiste de su baile no es la música ni el ritmo que le imprima, sino el cuerpo desnudo que hará suspirar a la clientela.
Los poetas, casi proceden igual. Pero tienen su diferencia. Antes de subir al escenario escriben un libro, y al ritmo de la propia euforia que genera su egolatría, dan lectura a sus poemas. Simbólicamente, cada poema es la ropa que se va quitando y que el poeta avienta al respetable. Al proceder así, se emparenta con la bailarina. Cada poema es una prenda que el poeta se despoja. Pero mientras que la bailarina muestra a la clientela su sexualidad a toda asta; el poeta muestra su sensibilidad hasta decir basta. Pero ahí donde aquella engancha el aplauso y los billetes, el poeta encuentra un aparente aprecio frente a muchos menosprecios.
Debido a estos últimos, el poeta teme a que lo tilden de loco. Por eso nunca arma su fiesta solo. Siempre se busca dos o tres padrinos, es decir, sus presentadores. Con ellos se llena de valor y acepta dar a conocer públicamente su trabajo. Cuando eso sucede, el poeta sabe si ha pasado la primera prueba. Que generalmente siempre ocurre bien. El se cuida que al evento solo llegue su familia y sus amigos. Eso hace una diferencia enorme entre la bailarina y el poeta: aquella, a los que menos invita es a los amigos, porque éstos siempre buscan cachuchazo, y ella lo que quiere es clientela que la arrope con billetes cafecitos de tres ceros.
Pero pese al menosprecio generalizado del poeta, éste se cree un ser distinto. Lo cree porque usa un lenguaje propio a la cofradía de locos a la cual pertenece. A través de ese lenguaje, crea emociones que son como un toloache para los enamorados, o aquellos que sufren una pena profunda. Como tú comprenderás.
La bailarina no tiene ese lenguaje, pero sí el que su cuerpo despide. Ese es su toloache. Frente a la pasión intelectual que el poeta genera en el alma; ellas son una veta de pasión sensual que vende al mejor postor. La pasión de ellas encandila al más reacio. La emoción que el poeta genera, difícilmente podría conseguir los pesos que ella conquista en una noche de licor y amor comprado.
Por eso, ser poeta es lo más triste que hay en la vida. Las niñas cuando lo son, admiran a las bailarinas, pero no a los poetas. Y si a uno se le ocurre decirle a su padre, que de grande le gustaría ser poeta, el papá se queda zombi. Uno tiene el derecho de formarse en cualquier profesión u oficio, pero nunca de poeta, salvo que quiera morirse de hambre y mostrar sus penas al mundo, igual como las bailarinas del table dance o como yo haré en esta noche. Y la verdad, sinceramente, para eso de la poesía hay que tener mucho valor. Pues no es fácil mostrar las penas al mundo. En cambio, la bailarina muestra su pubis al mundo sin presentar rubor.
Y si me lo permite, me voy al Caballo Blanco o al de Lola, no por la poesía, sino por la bailarina que he de encontrarme ahí.
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