Samuel Pérez García
UPN 305
Me dan risa los argumentos de los padres de familia que nos miran como animales ignorantes,
testarudos en el obrar para derogar una ley lesiva, que a la larga los
afectará también a ellos. Me da risa
porque en lugar de que busquen la raíz del problema, critican las consecuencias
sociales y económicas que está ocasionando la reforma en controversia.
Me da risa porque no reparan que el testarudo y necio, el ignorante, es su
propio Presidente de la República, es el mismo por el cual votaron para revivir
glorias antiguas, que ya no lo es, y sí parece un infierno para los mismos que
votaron por ese partido y por ese candidato.
Me da risa porque no vislumbran que más allá de los efectos, es la causa la
que hay que combatir, y estas son la política económica del régimen, cuyo
propósito es vender todo lo vendible para darle a los empresarios hueso que
roer, y a los extranjeros, fuentes de producción donde reproducir el capital de
inversión. Una política económica que encontró en la escuela pública un filo de
inversión rentable, donde nuestros niños serán las mercancías más codiciadas.
Me dan risa con sus argumentos de odio hacia el magisterio veracruzano,
como si solo Veracruz estuviera en lucha y no casi la totalidad de los 30
estados de la República. Si sólo los maestros veracruzanos estuvieran en la
insurgencia, es casi seguro que ya hubieran sido aplastados en un baño de
sangre, casi de igual modo como hace muchos años se reprimió a los estudiantes
el dos de octubre, o a los insurrectos obreros de Río Blanco, a principios del
siglo XX bajo el régimen de Porfirio Díaz.
Me mueve a conmiseración cuando los oigo escribir sobre la mala actitud de
los maestros ignorantes, pues no reparan que esos maestros a los cuales
critican son los que le imparten clases a sus hijos, por los cuales lloran y
claman su pérdida de año escolar.
Me conmueven sus vociferaciones en lugar de que me moleste, porque a una
persona no la conoces sólo por su vestido o su color de piel, sino por los
argumentos que esgrima para proponer su idea en torno a un asunto.
Y todo eso me lleva a pensar que sí, de verdad, requerimos una reforma
educativa a fondo por un lado, pero por otro lado, un modo diferente de pensar
el trabajo docente. Una reforma a fondo para que concientice a los padres de
familia y comprendan que entre el maestro y padre no debería haber conflicto,
sino apoyo. Apoyo porque el maestro enseña conocimientos y teoriza los valores,
pero los padres, con el ejemplo implantan en la conciencia del niño el modo de
ser práctico ante al conocimiento y frente a la sociedad. Un padre que
demuestra responsabilidad frente a la familia, que transmite calor paterno a
sus hijos, que promueve como actitud la honestidad y la solidaridad como sus
más caros valores, no puede formar más que un hijo con ese mismo molde, y ante
el cual el maestro encontraría terreno fértil para fortalecerla en el niño.
Pero si el padre no brinda ese afecto, si tiene dividida a su propia familia, si
en lugar de supervisar lo que el niño va realizando en transcurso del ciclo
escolar, se olvida de ese compromiso, es lógico que el maestro no podrá por sí
solo educar al niño. Es importante que el padre colabore en ese proceso. Por
eso digo, que no debería haber contradicción entre padres y maestros, a
propósito de este movimiento de insurgencia que se vive hoy. Pero también una
reforma a fondo para que replantee la práctica en el ejercicio de la docencia.
Si hubiera esa reforma, entonces, el maestro ya no sería nunca más, un técnico
desarrollador de los cursos que el programa marca. Sería más que eso, el
maestro sería un intelectual reflexivo y comprometido no sólo con lo que le
pasa a sus alumnos, en la casa, en la calle, en el aula, sino vinculado a las
necesidades sociales y educativas de la población donde la escuela esté. Sería
un maestro, ejemplo de aquellos viejos maestros del cardenismo histórico: un
intelectual comprometido con el bienestar de la comunidad y la escuela donde
labore. Pero la reforma de Enrique Peña Nieto no aspira a eso. Lo único que
plantea es que para ser maestro ahora hay que evaluarse, seas de primer ingreso
o ya tengas cinco, diez o veinte años, pero no te quieren evaluar para saber si
sabes y cómo continuar tu trayecto formativo, sino que se ha planteado más como
una reforma de carácter laboral, regido por un ley de excepción, como si los
maestros de ahora, fuéramos extraterrestres y como si la Constitución Política
en su artículo 14, hubiera dejado de tener vigencia, es decir, que a partir de
eso, las leyes fueran retroactivas.
Pero no es así, por eso los maestros de México, no solo de Veracruz están
levantados y solo tienen un propósito: derogar esa ley lesiva que atenta contra
ellos y contra la educación de los niños, porque de aplicarse, los padres
tendrían que costear los gastos que genere la educación de sus hijos. Y eso no se
puede permitir: la educación debe seguir siendo gratuita, laica, democrática,
científica y pública. Además, no podemos convertir a los niños en mercancías
cautivas para que los capitalistas se enriquezcan a través de los desayunos
escolares. Por eso los maestros están en lucha, pero los ciudadanos padres, en
lugar de buscar las razones de ese levantamiento, desaprueban los
efectos que está trayendo este levantamiento magisterial.
Por eso me mueven a risa lo que los padres escriben en el facebook, porque
en lugar de decir que me molestan, prefiero decir que me mueven la facultad de
reír, pero al mismo tiempo, me da pie para pensar que sí necesitamos una
reforma profunda en la educación para que nunca más, padres y maestros, se
contradigan cuando se trate de defender la educación de nuestros hijos. Sino
que marchen juntos para erradicar la ignorancia de un mal razonamiento como el
que ahora campea en la mente de esos padres, que luchan porque los maestros
vuelvan a clases sumisos y mansitos como eran antes de la irrupción de este
levantamiento magisterial